Make your own free website on Tripod.com
Creación y alquimia en los orígenes del sujeto y del arte

Raquel Zak de Goldstein

A modo de Introducción

“A nosotros, los legos, siempre nos intrigó poderosamente averiguar de dónde esa maravillosa personalidad, el poeta, toma sus materiales, y cómo logra conmovernos con ellos, provocar en nosotros unas excitaciones de las que quizás ni siquiera nos creíamos capaces.”

“...La creación poética, como el sueño diurno, es continuación y sustituto de los antiguos juegos del niño.”

“Todo niño que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada”

“Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino la realidad efectiva”.

“El creador literario y el fantaseo"
(1907) S. Freud


Llevados por estas ideas de Freud sobre la continuidad entre el juego, el sueño diurno y la creación poética, recurrirnos a las concepciones de Winnicott -tan pertinentes-, de Lacan y algunos otros autores, para investigar nuestro tema de hoy.
Vanos textos freudianos cobran nuevo relieve, por estar involucrados en la pregunta sobre los orígenes de la creación. Por ejemplo, en “Sobre la dinámica de la transferencia” (1912), dice: “...todo ser humano, por efecto conjugado de sus disposiciones innatas y de los influjos que recibe en su infancia, adquiere una especificidad determinada para el ejercicio de su vida amorosa,” “...Esto da por resultado, digamos así, un clisé (o también varios) que se repite -es reimpreso- de manera regular en la trayectoria de la vida...”

También en el estudio sobre “Lo Perecedero” de 1915, la relación del poeta con la finitud y el impulso creativo ocupan la reflexión freudiana Estas evidencias sobre la relación entre “1os influjos que recibe en su infancia” y el ejercicio de la vida arnorosa, frente a la finitud y la añoranza ante la pérdida del amor infantil y sus efectos en la creación, llevan naturalmente hacia la obra de Winnicott Este autor nos brindó con su descubrimiento de los Fenómenos y Objetos Transicionales, una brillante aportación surgida en la observación del juego de los bebés, que amplifica la comprensión de esos tiempos preedípicos y del complejo contexto del nacimiento psíquico del sujeto.
El infans humano, que descubre su imagen unificada durante el Estadio del Espejo, entre sus 6 y 18 meses, como 1o describió enriqueció magistralmente J Lacan, descubre también allí la presencia fascinante del otro significativo. “Ese alguien”, que es indispensable para su supervivencia global. Alguien que además “se va”, se puede alejar. Allí' “un bebé crea”, para esperar y sobrevivir. Juega -según Winnicott- con la creencia entre magia y poder animístico, creando espacios, representaciones, mundos,... y logra sostener el placer y evadir la angustia traumática. Y como nos enseñó Freud, luego juega con el carretel y nombra a la ausente -la madre-, emitiendo el famoso “Fort-Da”. Crea y fascina al fascinador En tanto la sexualidad primitiva y los anhelos narcisísticos están en juego allí.

¿Qué es lo que hay de común y anuda algunos hilos conductores en este entramado conceptual, donde juegan varios esquemas referenciales?. Se trata de las posibles relaciones entre lo mas íntimo de la dinámica de los orígenes del sujeto psíquico, y el placer -imperioso- de crear que este infans experimenta desde su nacimiento, y siempre.

Este placer tal vez se origina en tomo de aquellas primeras experiencias jubilosas, -propias del Estadio del Espejo-, ante el descubrimiento de sí mismo como imagen unificada -en “un antes” del placer descripto en “El creador literario y el fantaseo”-, acompañados del asombro placentero ante el descubrimiento paralelo del mundo vivo, primer entorno de “lo animado”.

Esta primera cultura, primer entorno percibido no-Yo, primera ecología -diríamos- en la que se inició el infans, se centra en la madre y su inmediatez, su aparato psíquico y su deseo. Ella como totalidad viva, sexuada, amante, excitante y excitada, centra un contexto donde ambos participantes, muy desiguales, intercambian -además-, frecuentes estados de fascinación.

Un espacio-tiempo particular, que Winnicott describió como el espacio transicional, caracteriza este contexto, en el que se desarrollan los “Fenómenos y Objetos Transicionales”, y los rudimentos del juego.


En el “hábitat” de la creación

Habitar en ese particular espacio-tiempo, ese tercer espacio de descanso o zona intermedia de experiencia, donde se encuentran -con la cualidad paradojal de la transicionalidad- lo interno y lo externo, lo subjetivo y lo objetivo, es lo que, luego, el creador desea y reproduce.

Poder hundirse placentera y tranquilamente en esa dimensión es lo que también caracteriza un anhelo universal persistente en el ser humano, de cuyos orígenes nos habla Freud. Anhelo tanto del que crea, como del que recibe los efectos de la creación conmovedora. Efectos de la producción poética y estética que corresponden al acervo general de la cultura.

En ese espacio que estamos describiendo aquí con mayor precisión -aquella cultura singular- se está en compañía de “ese otro”, que en las palabras de Winnicott es madre satisfactoria o buena... capaz de hacer frente a las necesidades de su criatura al principio, y hacerlo tan bien que la criatura, al tener lugar su salida de la matriz de la relación madre-criatura, es capaz de vivir una breve experiencia de omnipotencia”. Y sigue diciendo que esta madre “presenta un objeto o manipulación que satisface las necesidades del bebé, y de esa manera el bebé empieza a necesitar justamente lo que la madre le presenta. De este modo el bebé llega a adquirir confianza en su capacidad para crear objetos y para crear el mundo real. La madre da al bebé un breve período en el que la omnipotencia es una cuestión de experiencia”. En esta cita encontramos lo que para Winnicott es más esencial en el origen de la capacidad para crear, dada ahí, donde se superponen -dice- la actividad psíquica innata que él llama omnipotencia, y la experiencia, en una “breve experiencia de omnipotencia”.(1)

“Ese otro” en la realidad es un conjunto, presentado por el cuerpo de la madre -como regazo y como abrazo que sostiene-, el idioma, las miradas, las claves, los ritmos, las significaciones, en fin, el todo del medio inmediato, que compone el bagaje singular y privado de esa dupla. ¿De allí tomará el infans-pote, sus materiales?¿ De esta dupla -adecuada- y quizá muy específica dependerá la capacidad de seguir creando arte?

En su hábitat, el artista dice gozar más en la acción que desarrolla, que con el producto. Nos lleva a pensar que se trata del placer que emana de la acción de transformación sobre este bagaje singular y privado.

Este poderosísimo impulso transformador, impulso de accionar para animar lo inanimado, alquímico, tal vez sea una de las manifestaciones más características de la pulsión de vida.

El entorno del artista reproduce una instalación, que pretende asemejarse a la que vivió el infans durante aquel tiempo fusional del vínculo primitivo.

Crear -cuando se dispone de esta cualidad- y transformar, es para seguir allí conquistando una independencia creciente, eterna alquimia activa en la transmutación simbólica y la transformación y metamorfosis del placer de representar.

El acto de crear

Actividad psíquica y pulsión de dominio van en busca de la maestría que el infans pretende -y necesita- para actuar sobre estos elementos de su cultura primitiva, la de su nacimiento psíquico. Esta maestría buscaría crear (en verdad recrear) la evolución de la experiencia jubilosa de deslumbramiento que parece caracterizar estos estados fundantes.

El impulso creativo es, como lo vimos con Freud, reedición del clisé de la primera experiencia de amor. Freud -hablando de la experiencia de satisfacción y su huella- articuló el concepto de gratificación alucinatoria, la cual, con sus huellas y clisés, serían la materia prima de la estética y la poética. Son a su sustrato del jugar.

“Enamoramiento e hipnosis”, identificación primaria, y represión primaria presiden estos tiempos psíquicos fundantes.

Luego de las primeras experiencias de alteridad, empujado por la lucha pulsional y bordeando el vacío de la experiencia de corte (como la concebimos psicoanalíticamente), el infans inicia su ejercicio de crear, entre pulsión pasional y apercepción estética.

Acto decisivo que pone en movimiento la pulsionalidad, y deja atrás el riesgo -de todos modos latente- de permanecer absorbido en aquella fascinación hipnótica, propia del enamoramiento narcisístico inicial. El otro riesgo involucrado en estos tiempos de vulnerabilidad absoluta sería la tendencia a abandonar esta lucha por la afirmación de la maestría creativa. Su consecuencia, la banalización, conduciría al achatamiento de la experiencia vital, a la desilusión y la desesperanza.

En las palabras de un joven colega se produce “una corrosión de la profundidad” fenómeno particularmente evidente e impactante en ciertos medios culturales de nuestro mundo actual.

Este rasgo es evidente en algunas de las patologías más graves, las que han perdido la capacidad creativa y la ilusión, aquellas que “ya no buscan decir nada”.

Porque... vivir “es acto”, acto de decir, narrar, producir, engendrar. Acto de transformar, transmutar, metamorfosear... Efectos de la alquimia de la pulsión “en obra”.

En ese acto, hay dos presentes: sujeto-objeto. ¿Cuál es uno y cual es el otro? ¿Se trata de dos seres, en intercambiabilidad? Además,...¿Objeto...? Sabemos que se trata de “ese otro” de “La relación de desconocido” de G. Rosolato (2), o del “Unthough known” (“Un conocido no pensado”) de Ch. Bollas. (3)

En el estado fusional primitivo -asimétrico-, dos seres vivos ponen en juego sus representaciones narcisísticas, y se inicia la eterna actividad humana de representar, imaginarizar y procesar en un continuum subjetivo-objetivo, tan adecuadamente graficado por el dibujante Hoeschter con la famosa Banda de Moebius. Ahí, en ese espacio-tiempo de cualidad transicional, se procesa la masa de materia prima de la que hablábamos.

Dominados por el anhelo esperanzado de reencuentro y escapando del vacío representacional -con algo de aquella materia prima- buscamos crear “otra cosa” que nos dé placer.


Conversaciones con una joven pintora

Interesada en el tema, se refiere así al estado que se encuentra cuando pinta.

“El estado de crear es un estado jubiloso y, por momentos, de desazón, de vaguedad... entonces es Un estado de nada, incierto”.

"A veces se vuelve angustiante. Pero, es un estado de nada... que está abierto a que reaparezca lo que reconocés como deseado, lo lindo, que da placer”. “Que empieza a vibrar en sintonía con uno”.

“A veces se pinta como con furia, primero tapando, dejando alguna señal... con la que se engancha uno. y aparece el inconsciente”. “Y si uno está sintonizado y bien lo deja aparecer. Uno se predispone a darle lugar y espacio para que aparezca.... lo otro, lo que quiere ser”. “Ese momento de contacto, en que se junta lo que quiere ser, con lo que uno quiere, es un momento de ilusión semejante a un momento religioso”.

“A lo otro, lo que aparece, el inconsciente,... es necesario hacerle lugar para que salga, ...y es necesario que uno lo deje salir; pueden ser ideas que pueden ser raras; y en un momento dado se produce un pequeño placer con sintonía”. “Algo te gustó”...”y lo seguís un rato, y luego..., parar. Si no, volvés a caer en un caos, o en el barroquismo del oficio”.

“Se trata de parar -exp1ica-, parar de darse el gusto, parar a tiempo. ¡Que es tan importante para el pintor!” “Y luego, echar una mirada consciente.”

“Primero está el placer estético ante la vibración de los colores”. “Lo que sale de uno...” “Algo que esta haciendo uno, para uno”. “Y luego, viene el momento de la reflexión. Momento de observación, que nos diferencia del niño o del loco.”

A modo de conclusión

Como dispositivo protector, tanto el lugar como la creación y la producción de lo Bello, garantizan el crecimiento y las transformaciones enriquecedoras, y la persistencia del placer, porque alejan la angustia y su riesgo específico, la desinvestidura. Nos mantienen “más acá” del territorio de la pura destructividad, dominios de la pulsión de muerte.

La obra de arte, como piedra filosofal, sería un producto mediador fundamental, que al proveer las condiciones adecuadas también trae materia prima para el deseado acercamiento y re-encuentro. La búsqueda de la experiencia amorosa con el objeto primitivo, preside el “eterno retorno”, “...un clisé que se repite” -es reimpreso- de manera regular en la trayectoria de la vida.

Este re-encuentro, tan familiar y reasegurador, a la vez tan extraño e inquietante, del cual Freud se ocupó en su articulo sobre “Lo Siniestro” (1919), vital para el sujeto, está -a la vez- siempre al borde de aquel riesgoso estado inicial de enamoramiento fundante, con su tendencia pasional y mortífera.

Como decía Proust: “Sólo renunciando a lo que se ama puede recrearse”. Se trata del mismo Proust que fue siempre “En busca del tiempo perdido”, guiado por el aroma de las “madeleines” recién horneadas en su hogar infantil.

Sólo cuando la necesaria desilusión y renuncia fueron tolerables, el amor logra predominar sobre el odio. Y el infans-niño crea, fiel a J. L. Borges, cuando dice: “la esperanza es un deber”, y de acuerdo con P. Aulagnier que escribió: “Condenado a investi”. El valor protector de lo Bello (según Lacan), central en el obrar creativo, se verifica aquí. Es un tope al placer, que de por sí tendería a deslizarse hacia el terreno del goce (entendido como mortífero en el sentido de Nirvánico).


La función antitanática de lo Bello evidencia su lugar de báscula transmutadora

El trabajo del arte se dirige entonces a producir estas condiciones, y poder crear algo nuevo y “vivo”, en el borde del vacío. Ahí el sentimiento de ilusión y de esperanza, actuantes -en mi sentir-, tal como E. S.- Person los encara en “Dreams of love and fateful encounters” -The Power of romantic passion- (4) sostienen la expectativa del deseo de reencuentro con aquella situación amorosa, tal -casi- como fue “realmente” en el tiempo mítico de la dupla con “His Majesty the Baby”. El arte trabaja para "hacer surgir" un instante do re-edición casi exacta del éxtasis narcisístico y erótico fundante y las condiciones y contenidos de “ese fragmento de la escena" con el resultado subjetivo concomitante a través de algún producto artístico que vaya impregnado de la cualidad de vivacidad de los objetos transicionales. “Que le parezca al niño que esta dotado de vida”, decía Winnicott.

"...una ocasión del presente que fue capaz do despertar los grandes deseos de la persona, desde ahí se remonta al recuerdo de una vivencia anterior, infantil las más de las veces, en que aquel deseo se cumplía, y entonces crea una situación referida al futuro, que se figura como el cumplimiento de ese deseo, justamente el sueño diurno o la fantasía, en que van impresas las huellas de su origen en la ocasión y en el recuerdo. Vale decir, pasado, presente y futuro son como las cuentas de un collar engarzado por el deseo.”

“El creador literario y el fantaseo”
(1907) S. Freud

La creatividad produce arte –podemos decir entonces- cuando, al mismo tiempo que logra expresar las obsesiones –en el sentido de deseos más genuinos- y la realidad singular del artista y su visión del mundo –única y particular-, paradójicamente alcanza también resonancia universal, atemporal, y a la vez es un vívido retrato de su tiempo.

(1) “El proceso de maduración en el niño”. Ed. Laia, España, 1979, pág. 66.
(2) Edic. Petrel, España, 1981.
(3) “The shadow of the Object: Psychoanalysis of the Unthought Known”, Free Assoc. Books, London, 1987.
(4) Penguin Books, 1989.