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Jugar...Crear...Curar-se
El jugar y el juego en la constitución del sujeto y en la cura


Dra Raquel Zak de Goldstein
Marzo,1999

"¿No deberíamos buscar ya en el niño las primeras huellas del quehacer poético? La ocupación preferida y más intensa del niño es el juego. Acaso tendríamos derecho a decir: todo niño que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada. Además, sería injusto suponer que no toma en serio ese mundo; al contrario, toma muy en serio su juego, emplea en él grandes montos de afecto. Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino...la realidad efectiva. El niño diferencia muy bien de la realidad su mundo del juego, a pesar de toda su investidura afectiva; y tiende a apuntalar sus objetos y situaciones imaginados en cosas palpables y visibles del mundo real. Solo este apuntalamiento es el que diferencia aún su "jugar" del "fantasear".
Ahora bien, el poeta hace lo mismo que el niño que juega: "crea un mundo de fantasía al que toma muy en serio, vale decir, lo dota de grandes montos de afecto, al tiempo que lo separa tajantemente de la realidad efectiva"
..."el caso del adulto; por una parte, este sabe lo que de él esperan: que ya no juegue ni fantasee, sino que actúe en el mundo real; por la otra, entre los deseos productores de sus fantasías hay muchos que se ve precisado a esconder; entonces su fantasear lo averguenza por infantil y por no permitido".
"El creador literario y el fantaseo", (1908)Freud.
(el destacado es nuestro)


Con nuestros títulos y epígrafe procuramos poner suficientemente en evidencia la íntima relación entre la múltiple función del jugar, su relación con la aparición del inconciente productor que relacionamos con el crear y no por obvio indispensable reenfoque de esta dimensión en la cura psicoanalítica.
Así como el niño del carretel juega para tolerar la espera, el descubrimiento de la pérdida y el dominio del displacer, -actividades esenciales en la dinámica de la constitución del sujeto desde el primer instante en que el tiempo y el espacio se instalan como categorías-, así está expuesto este devenir a innúmeros obstáculos, trastornos, impasses y derrumbes. En cada uno de estos avatares de fallos y fijaciones en la constitución del funcionamiento psíquico se entrama un síntoma, una patología.
Es así como aparecen en el campo de la transferencia, aún antes de que el sujeto se pregunte por ejemplo, porqué la vida perdió sentido, o casi no vale la pena de ser vivida, y aún si intentó "colmar-se" por la vía de algunos de los recursos que el medio social humano le ofrece, tentador.

...si nos preocupamos por las orientaciones de nuestra época, que pone el acento, mucho más que la de Freud, en los valores realistas y tiende a dar a los niños una formación que los prepare para las "realidades de la vida". Un realismo ingenuo llevaría a darle como meta al deseo mismo la satisfacción de las necesidades...Así se comportan las madres de psicóticos. No nos alegramos ante la idea de que ello pueda favorecer una adaptación, es decir que el hombre de mañana sería logrado a título de false self, analizado quizás por otro false self (un "especialista" del análisis) y bien adaptado a una sociedad de false selves. No contamos con ninguna garantía de que sabremos evitar un porvenir semejante.
Octave Mannoni, "La parte del juego"
en "Donald W. Winnicott", edit Trieb


Nuestra metapsicología, ... hoy.

La comprensión de los fenómenos psíquicos y de la dinámica de la cura es imposible hoy desde un único enfoque, de ahí la necesidad de considerar, sin confusión ni dilución, esquemas referenciales universalmente presentes y reconocidos en el pensamiento psicoanalítico. Esta delicada y fecunda intertextualidad permite "escuchar e inteligir" los avances y descubrimientos que presenta el psicoanálisis hoy.
La realidad psíquica, "ese escenario evanescente", recibe nueva luz desde estos "varios esquemas referenciales consagrados" que logran poner en evidencia la dimensión de "historia en torsión" (expresión de W.Baranger) entre futuro, presente y pasado tan característica de su condición de estructura, que nos permite intuir esa singular de las dimensiones tiempo espacio y su ensamblado con lo que llamamos mundo interno y realidad psíquica. Tolerar esta disposición teórica y clínica, que nos permite con-tener una incertidumbre fecunda, que se afirma la comprensión dinámica del fenómeno humano, y la -casi imposible- aprehensión de la condición del ser como sujeto hablado y hablante. Es ese el sujeto que buscamos y re-encontraremos en la cura, naciendo siempre, entre el "júbilo identificatorio" propio de los fenómenos del estadio del espejo y escapando siempre del amenazador "estado de desamparo" descrito por Freud, como veremos luego.
Por ejemplo, la afirmación de la noción de sujeto escindido, relanzó las grandes cuestiones del psicoanálisis. También desafió nuestras posiciones en la clínica cotidiana, y aún más los criterios de analizabilidad y de cura en psicoanálisis.
Freud cuando inició sus investigaciones psicoanalíticas en busca de los fundamentos, se encuentró, como eje absoluto con el complejo de Edipo. Las nuevas búsquedas se van trasladando más y más hacia atrás, buscando "aquel más allá del placer", en los territorios del instinto de muerte, como lo planteaba Garma, hacia los míticos tiempos primitivos de la constitución psíquica, en busca de las coordenadas y cualidades de aquel contexto de nacimiento del sujeto, que hoy A. Green explora, al que llamaré contexto fundante.
Para sostener el desafío que nos lanza O. Mannoni, nos resulta indispensable D.W. Winnicott, que construye -sin buscarlo- su obra apoyándose en parte en las concepciones kleinianas, pero, su des-cubrimiento amplía la visión de "esos tiempos", al enfocar y describir, -diríamos con una lente de enorme aumento-, el área transicional, tópica específica que trataré luego, si bien brevemente, donde se dan los fenómenos transicionales que "sostienen" -con su cualidad absolutamente inédita- las adquisiciones simbó1icas en el complejo proceso psíquico involucrado en la puesta en acto del sujeto en el jugar, y cuyo paradigma es la descripción freudiana del juego del Carretel. Allí se doma la angustia, y, yo diría, apelando a un decir común: donde el ser "se entre-tiene", se tiene entre. Esto sólo es posible contando sin "saberlo" aún, con la presencia y las funciones de ese otro significativo a quien D.W. Winnicott llama madre suficientemente buena o medio ambiente facilitador. Freud ya lo destacó cuando describía las condiciones que posibilitan el establecimiento del yo de placer.
A partir de estos descubrimientos, el campo de la psicopatología es atravesado -en la obra de D.W. Winnicott- por un notable reordenamiento, y surgen hipótesis sobre ciertas otras fallas y distorsiones primitivas. Se nos evidencia un nuevo modo de disociación primaria, la constitución de un falso self precoz, fracasos en la integración psiquesoma, etc. Mecanismos que serán minuciosamente revisados por muchos de nosotros, a partir de estos hallazgos en la clínica teorizada, y consecuentemente ubicados en la metapsicología de los orígenes de patologías severas.

Jugar y entre-tener-se

Esta significativa correlación, me permite señalar que el momento del infans “entre tenido” con la primera pelusita de la frazada, es un momento indicador para la madre; ella "sabe" que se ha concretado un relevo de su posición de único soporte de la investidura. Hay alivio de la insoportable condición puerperal..., ella puede salir de casa y recuperar-se como persona, como mujer.
La motita de la frazada sostiene una fundamental -a mi entender-, percepción de borde que anticipa y prepara lo no-yo, la alteridad...., y señala la presencia de ese soporte futuro "uso transicional de un objeto" y la aparición de la categoría propia de esa tópica, el espacio “entre”.
Y así y allí se sostiene la angustia, -efecto del inicial y definitivo desajuste entre necesidad y gratificación-, que se presenta en ese “micro compás” de espera inquietante, -el "entre" al que nos referimos- en el silencio que inaugura la ausencia y los ritmos. Y entonces...
El infans “deseará”. Y la creciente psiquisización -complejizando, vía pulsión de vida, en acople con el deseo parental portador de la “violencia primaria” estructurante-, imprimirá su melodía.
La singularidad de cada cual da su coloratura a esta melodía del devenir. El sujeto del inconsciente será, “siendo y jugando entre” el borde yo y el otro borde: el mundo, lo que no soy yo. Aquí se instalan los fenómenos transicionales.
El “ser-siendo entre” exige una acción de sostenimiento de la madre suficientemente buena, acción que redoblará el propio infans en el jugar, al ejercer en esa dimensión, incansable y reconcentrado, el “entre-tener-se”.
“Jugando a solas en presencia de otro”, denominó Winnicott a este tiempo evidente y esencial para el proceso subjetivante.
Va inaugurándose así, el espacio de lo íntimo, lo privado.
Ese otro de la función madre suficientemente buena, es un otro significativo específicamente porque es el lugar del semejante en vías de constituirse en prójimo; este devenir se consolidará como correlato de la asunción de la castración simbólica, y es a su vez complemento del auge y caída cotidiana del niño maravilloso, cuyo refugio en esta indispensable caída, será, como lo entendemos, el “jugar-siendo”, porque se está jugando el ser, como base de la estructuración psíquica, sostenida en la función de los fenómenos transicionales, y un soporte de fabricación humana, como lo dice Lacan en el Seminario sobre La angustia.
Sostener-se en este campo del “en-sueño”, es el máximo efecto de estos fenómenos, logro que se consolida durante el trayecto, ese viaje por el desfiladero arcaico constitutivo, observado por Winnicott, desde aquella primera motita o borde de la frazada, hasta el afianzamiento de las complejas abstracciones y sublimaciones que sostienen nuestro bienestar posible en la cultura. Bienestar dinámico e inestable, siempre breve, siempre decayendo y siempre recuperándo-se, tanto como el sujeto.
El otro significativo, es bueno recordarlo, aleja lo siniestro, y es, al mismo tiempo aquel al cual el infans espera como objeto de la satisfacción y garante del amor.
Ya el jugar con la motita nos indica que la ruptura del estado de ilusión fundante previa, se ha iniciado. Estamos invocando el término ilusión en el sentido en que lo utiliza Winnicott, para diferenciarlo y correalcionarlo con el fenómeno del "en-sueño", el fantaseo y la poesía. El estado de yo real primitivo inicia, - afianzado en la omnipotencia del pensar y en la reiteración de la “alucinación de deseo”, que encontró soporte en una pizca de real, en “eso otro” que se ha podido desprender ahí, de la Cosa (Ding)-, la castración para ambos; el infans y la madre practican el des-prender-se.
Así se sostiene suficientemente lejos del trauma puro, preservado por estos fenómenos. El aparato psíquico sostiene, y es sostenido a su vez en su trabajo específico, por la actividad transicional; en tanto, las pulsiones pueden avanzar en busca de investir. La actividad de representar queda protegida, y protege a su vez. La libido busca objetos. El objeto llama a Eros. También, cual lanzadera inagotable, se trabajan las metáforas.
En los momentos estructurantes de lo que podemos considerar y conceptuar como un verdadero desfiladero arcaico, donde transita "en torsión" la dialéctica de lo diádico-edípico-social durante el estadio del espejo, el infans-niño juega con el Objeto Transicional como soporte, protección y anverso de la angustia, alejando lo siniestro de la Cosa, que de todos modos siempre desborda ante las incipientes percepciones de ausencia y alteridad. Júbilo y desamparo se alternan sin cesar, como dijimos.
E1 infans-ser trabaja para procurar "conocer" que desea y quién es, y para saber soportar ser un ser dividido, y así se va curando de "nuestro malestar", ... creando. Hacia ese trabajar pulsional creador intenta devolverlo el trabajo del psicoanálisis. Las pulsiones -siempre activistas y conservadoras-, van en busca de objetos y de placer.


Curiosidad y angustia: jugar y crear en el campo de la cura

Freud, en el epígrafe que destacamos de “El creador literario y el fantaseo”, destaca el papel del fantaseo en el juego y la creación.
El entre-tener-se que estoy describiendo, se vincula a ese estado y es al mismo tiempo un suspenso“entre dos bordes” y “entre dos yoes”, el estado de yo primitivo real, y yo real definitivo. Entre ambos el yo de placer, ahí se sitúa la función protectora del Principio del placer, guardián de la vida.
Juego de espejos que, a la manera de la Banda de Moebius, sostiene al sujeto en tanto este ejercicio garantiza la alteridad y la presencia del otro.
Cuando esperamos la asociación libre en el campo dinámico de la cura, cuando auspiciamos la reaparición del fantaseo y la recuperación de la categoría del "en-soñar" metaforizado, al hablar de...alegría de vivir -característica destacable en el epígrafe de Freud-, instalamos un campo y marco para "llegar a poner a jugar el deseo", en tanto el analizante, ganado por los estados de futilidad,...que consulta o sufre sin entender que pasa, teme arriesgar.
En la actividad de jugar-poetizar, el "animar”, -dar alma, en el sentido de la seele, freudiana-, alude a que se busca inicialmente dotar de vida a través de los personajes de la propia vida psíquica al objeto inanimado para crear luego las propias historias, tarea fundamental que ocupa a los niños desde los tiempos iniciales del proceso de la construcción del espacio interno y de la transicionalidad.
Al respecto es sabido el horror de los niños ante la aparente animación de objetos que se suponen inanimados, y viceversa. Hay sorpresa y confusión. Se desbarató el ansiado dominio tranquilizador, que se juega con el carretel. Basta recordar la magistral producción de Freud en “Lo ominoso”, donde Olimpia, personaje central del cuento de Hoffman, además de otros aspectos interesantes, pone en evidencia este juego mortífero, esta oscilación entre la muerte de lo animado y la vida impredecible de lo inanimado...


Las implicancias y efectos del fantaseo y el “en-soñar” en el jugar, crear y curar-se

Para comenzar, señalaré brevemente algunas cuestiones tópicas.
El en-soñar implica haber ya conquistado lo más significativo de las cualidades del “espacio otro”. Alteridad, virtualidad y dinámica proyectiva permiten poblar e investir ese espacio, cual proyector cinematográfico; ¿la vida es sueño?...o re-creación permanente de un discurso/narración.
El alucinar es su precursor natural en el sentido de “lo dado”, y predispone el en-soñar, camino del fantaseo, que supone, además de la consistente organización no yo y el uso correlativo del odio estructurante, un Yo consolidado que como Yo imaginario en funciones se sabe situar ya afianzado, a mitad de camino entre la condición del dormir y su consecuente replegamiento narcisista, y un plenp estado despierto que implica la consideración de la realidad objetiva como tal, lo consensual socializado.
Como ejemplo clínico de detención y/o fracaso y/o avatar puberal adolescente de la transicionalidad, y los vaivenes de la patología del espacio transicional en el fantaseo en la infancia y adolescencia, citaremos la historia de Peter Pan.
La patología que señalamos ejemplifica un tipo humano de nuestro tiempo: el hiperrealista señalado en nuestra cita por Octave Mannoni, que sucumbe a una adaptación muy inteligente, pero adaptación al fin, ya que el entre-tenerse está siendo capitalizado por los aspectos represivos, seductores y explotadores del poder de la imagen y el divertimento, tan distantes claro está del espíritu del entre-tenerse al que nos estamos refiriendo.
Diferenciamos, aunque sólo sea enunciándolo aquí, la significativa sustitución entre Games y plays.
Una de las diferencias que destacamos, no en desmedro de otras, está en las “reglas del juego”.
El “playing” requiere coraje y arriesgar-se, carece de reglas prefijadas, excepto no dormirse, ni estar demasiado despierto, cualidades que permiten el fantaseo, la animación y el en-soñar esencial.


El entre-tener-se y la intrincación pulsional

Tener-se y sujetar-se luego de aquel inicial trabajo de des-sujetar-se de ambos del binomio inicial, como señalábamos antes, inicia el entre-tener-se que permite el normal tener-se-entre, que permite a su vez el mayor grado de autonomía posible dentro de la dependencia estructural. (Raquel Z. de G. 1999).
En tanto juego, éste alberga la mezcla pulsional de la que hablaba Freud, entre amor y odio, sosteniendo el plus de angustia.
Prendido el infans en el ensoñar-se a sí mismo, la investidura espera, "en" ese pecho alucinado en un metafórico montaje paradojal del alucinar y el pensar, con el principio de realidad, contando con el incipiente límite no yo cuyo mecanismo de instalación ya hemos descripto, límite que proviene del aporte del registro perceptual del objeto motita/borde de frazada. El infans/bebé logra sostener así el incipiente cuerpo erógeno que se registra a sí mismo, tal como en la mente de la madre que lo anticipó.
Esta anticipación pone su cuota pulsional de Eros que pareciera la piedra angular de la imagen de sí mismo adveniendo. Imagen que sabemos será continuamente recuperada y remodelada, a oleadas sucesivas de resignificaciones.
Cuerpo erógeno, imagen de sí, deseo anticipado por la violencia primaria materna que involucra la parentalidad, e instalará al infans en la transgeneracionalidad singular que lo hará sujeto, y tal vez luego sujeto de deseo propio.
La intrincación pulsional es deudora además, como sabemos, de la eficacia paterna, en su función necesariamente insistente, de corte liberador.
En la clínica, solemos decir: “la mamá ya se puede alejar, por un breve lapso; el bebe "se entre-tiene". Un mundo de estas preciosas acciones estructurantes ya se puso en función.
El entre-tenerse garantiza contra la desinvestidura, que amenazaría ante una caída brusca de la narcisización, experiencia del gap según D.W. Winnicott, amenaza latente ante la experiencia de la ausencia, que involucra la percepción de la castración materna, ya que ausencia implica que la madre busca la satisfacción en otra parte -horror- derrumbando la supuesta suficiencia y completamiento inicial que le otorgaría el encuentro “nutriente” infans-madre.
Precipitado en el fondo del gap, si se desarticuló o no articuló fallidamente la sutil dinámica del entretenerse en la transicionalidad, el infans será un caído ahí, cual “cosa”o “resto”, será víctima de la angustia impensable.
Allí lo esperan las angustias propias de las “agonías primitivos”, según D.W.Winnicott, que acompañan la experiencia que Lacan define como experiencia del cuerpo despedazado y M. Klein como fragmentación.
El accionar con un elemento de la realidad, al mismo tiempo que lleva al reconocimiento del otro, como límite irreductible, permite pasar de la dependencia absoluta, propia del estado de fusión primaria, dimensión incestuosa del goce sin deseo, prepara el pasaje a mediatizar, psiquisizar y mesurar la pulsión, y soporta el corte, la interdicción, y la angustia liberadora, fuerza motriz de la diferencia que permitirá aquel vivir jugando que mantiene el espacio intermedio, lo propio de la manifestación del sujeto en el crear posible.
Evitando el dolor y esquivando la que aún podría ser una mortal afrenta narcisista para el incipiente y recién entronizado Yo grandioso infantil -"His Majesty the Baby"-, el movimiento y la mezcla pulsional recibe la aún "ignorada" y decisiva asistencia, -mediada por la funcionalidad de la fusión primitiva tan ejemplarmente evidenciada en el llamado "oído de nodriza"- de la matriz psiquesoma de la madre.
Esta asistencia, transitoria y fundante, de alguien deseante, es lo que le califica como otro significativo. A la vez, como anverso y reverso inseparable, es guardián y dueño de la vida y de la muerte.
Ahí, donde también se diseña el imposible lugar del analista, es donde ese otro primitivo reaparecerá. Pero no perdemos de vista que, en el capítulo titulado "Enamoramiento e hipnosis", Freud nos prepara só1idos fundamentos para rastrear los orígenes del poder que - por transferencia de ese otro primitivo- asume el deseo del analista. Ubicado en aquel otro trono, el de la majestad del ideal, el de los padres que otorgan su majestad al bebé, el analista queda dotado del poder del otro primitivo que fue eje del contexto fundante, y del cual es el recipiente actual privilegiado y por eso esencial para los movimientos en los desafíos de la cura.
En esas condiciones y en ese campo creado por la transferencia -que Freud alguna vez describió como un tablero de ajedrez- jugamos en la cura una singular partida. Podríamos decir: una partida con la pulsión de muerte en sus variadas y engañosas manifestaciones. Es mucho lo que se está diciendo hoy, al respecto, en cuanto al analista y su disposición a jugar esa partida en el campo de la cura en psicoanálisis, entendiendo la situación analítica como un campo dinámico. (M. y W. Barnger)
Encuadre, corte y palabra pretenden devolver a la pulsión su movilidad y capacidad de investir, y al aparato psíquico su libertad para el trabajo de representar.
Al devolver a la pulsión su movimiento, como vector de búsqueda, el sujeto recuperaría la dimensión de su posibilidad.
Pero, ¿cómo?. Desanudando "enroques" y caminos de repetición donde la ausencia de juego, y el realismo fatal ahogaron la curiosidad y el riesgo de vivir.
Descifrando enigmas, e historizando en torno al trauma y al desamparo, el compromiso del analista en la cura, tornaría decible la ausencia impensable. Se recupera la capacidad de tolerar el desgarro constitutivo y metaforizar simbolizando esa insoportable insuficiencia y levedad del ser. Podremos decir entonces que soportamos vivir "en tránsito", entre el malestar constitutivo y ese otro malestar motor de un bienestar posible, siempre a conseguir.
¿Qué es lo que se opone -a veces irreversiblemente- a este acceso analítico y a la cura? ¿Qué es lo que le confiere ese misterioso carácter de inanalizabilidad a las deformaciones del Yo que inquietaban a Freud en "Análisis terminable e interminable"? ¿Como estamos ubicando aquí, en esta actual perspectiva sobre la psicopatología temprana, los efectos de "La escisión del yo en los mecanismos defensivos", y "El fetichismo" en correlato con las alteraciones de la función del objeto transicional y la pérdida del objeto originario en el des-prenderse al que nos referíamos? Sabemos que estas deben ser consideradas obras de reapertura en la producción de Freud. ¿Cómo leemos en la obra de P. Aulagnier el valor de las fallas del entorno efectivo, donde se daría, en condiciones adecuadas del contexto fundante, el "estado de encuentro" eficaz para el proceso identificatorio inicial, como lo desarrolla esta autora?. ¿Qué nuevas perspectivas, en fin, se abren respecto de las identificaciones patógenas, tanáticas e irreductibles... aparentemente "más allá de la desidentificación"?
La vigencia de estas problemáticas y la urgencia de esta investigación amplía la clínica del otro significativo en la posición del analista en la concepción del campo dinámico de la cura.
Contamos con los constantes avances clínico teóricos que refinan más y más estas problemáticas y llevan hacia la consideración minuciosa y subjetivada en lo que consideramos la contra-transferencia y el análisis del analista de la dinámica de los tiempos costitutivos, en el trabajo con patologías graves y en psicopatología infantil. Y particulamente contamos con la creciente influencia -manifiesta o entramada- en el trabajo teórico actual, de los descubrimientos centrales de D. W. Winnicott, así como de los efectos y derivaciones del poderoso reordenamiento conceptual que este autor produce, y de su presencia en otras corrientes de pensamiento. En fin, contamos con nuestra investigación psicoanalítica dedicada a los procesos psíquicos primitivos, en busca de lo irreductible, de la comprensión de los fenómenos primarios, para alertarnos respecto de su re-edición en el campo de la cura posible.