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El objeto transicional de Winnicott: ¿una nueva categoría objetal en la teoría y en la clínica*

Raquel Goldstein


Desarrollo de los procesos transicionales en la relación temprana

El desarrollo de las ideas que presentamos se funda en los conceptos de D. W. Winnicott, yendo más adelante en procura de las articulaciones y enriquecimiento de que disponemos dado el estado actual del pensamiento psicoanalítico.
“Los fenómenos transicionales representan las primeras etapas del uso de la ilusión, sin las cuales no tiene sentido para cl ser humano la idea de una relación con un objeto que otros perciben como exterior a ese ser”
Elegimos esta frase, entre todas las expresiones de Winnicott v sus seguidores, por ser clara y a la vez pregnante. Está aquí lo esencial en cuanto al esclarecimiento de sus ideas.
El autor quiso ser expresamente simple; quiso presentar su experiencia y su descubrimiento como observación directa de la clínica y de lo cotidiano, y preñados de múltiples sugerencias y aperturas. El objeto transicional, de su estudio, y el estilo que lo describe son coherentes.
El sentido del término ilusión tiene para Winnicott un alcance que excede ampliamente su uso corriente, si bien se vislumbra el parentesco directo que guarda con él.
Los procesos a que él se refiere se inician alrededor del tercero o cuarto mes en forma visible. La primera unión posnatal restablece una primitiva unidad en calma, perdida en el nacimiento. e inaugura dos estados básicos: pérdida e incompleción, reunión y compleción, dentro de los cuales viviremos alternativamente a partir de entonces.
Entre uno y otro de estos estados. un puente imaginario deberá ser creado por el bebé para que se mantenga en él una básica vivencia subjetiva de unidad y continuidad, y la necesaria ilusión o esperanza de reencuentro o reunión.
Para ello, el bebé necesita aprender a esperar sin desesperar. ¿Cómo lo logra? La madre, con su voz y sus manipuleos, brinda datos sensoriales estables con los cuales él articulará -en su ausencia- una presencia ilusoria, sólo objetivable y real para sus sentidos y que lo insta a esperar el reencuentro.

Esta creación de la presencia ilusoria de la madre centra y sostiene el desarrollo del primitivo fantaseo y llena el corte de la ausencia, tiene la calidad de una evocación perceptual cercana a la categoría de la alucinación, poseedora de una propiedad característica de casi-realidad: es lo que la diferencia del tipo de objeto imaginario en el sentido corriente del término, con el cual se maneja el pensamiento adulto; como este (aunque no exactamente igual), evoca una presencia real externa en la cual el bebé cree, mientras su estado de frustración interna no pase de cierto límite crítico. Preanuncia con su aparición el desarrollo de los procesos indispensables que llevarán a la creación ulterior de los objetos transicionales.
Vemos, pues, que estos objetos son una creación destinada a cumplir específicamente una función de puente entre el sujeto infantil (con su precaria subjetividad) y el mundo de los objetos naturales. Ella surge de la capacidad innata de imaginar, fantasear e ilusionar exteriorizadamente con respecto al yo inicial perceptual, y, en nuestra opinión, se basa tanto en la percepción del objeto natural como en la emergencia del fenómeno psíquico concomitante, al que acabamos de referirnos.
De esta dualidad, percepción exterior-fenómeno psíquico, deriva la dualidad de espacios y categorías iniciales centradas en estos hechos, que de este modo adquieren además una ubicación en categorías espaciales estables; son los rudimentos de un futuro yo y de un mundo externo; queda establecido así también el asiento del yo de la percepción.
El sólido establecimiento de la creencia del bebé en su habilidad para lograr la posesión estable de la madre es de suma importancia; es una fantasía indispensable en la evolución de su subjetividad, que debe desplegarse sin fracturas ni desfallecimientos del yo perceptual (o yo función),
La madre debe quedar, inicialmente, al servicio incondicional de todas las necesidades del infante, que sólo así puede afirmar su existencia descante v su deseo,
Una madre de este tipo es dócil e indestructible, constante y tolerante, además del abastecimiento concreto que brinda y del sentimiento de unidad somática que restablece con su sostén corporal, en los momentos de ruptura o frustración reasegura con su presencia, ante el surgimiento del horror de perecer hundido o desintegrado en los instantes en que persiste la frustración previa al reencuentro,
La frustración, acompañada de abandono externo, genera un malestar creciente tanto emocional como somático; todo parece destruirse en derredor del bebé como correlato del sentimiento de destrucción interna o del self primitivo.
La experiencia directa con lactantes que se encuentran en esta situación permite observar una secuencia característica, descrita por Winnicott: estado de necesidad y espera tranquila; si la frustración continúa aparece una conducta de malestar y enojo creciente; si se prolonga la frustración externa, parece dificultarse cada vez más la posibilidad de recurrir a la tranquilidad que le aporta la evocación ilusional de la madre bondadosa: el bebé comienza a estar inconsolable, decimos. Si la situación se prolonga mucho más aún, surgen indicios de alejamiento en el bebé; un desgano que se expresa en su lentitud para reconectarse con la madre cuando esta se presenta. De persistir esta reacción de enojo, el alejamiento se acentúa -a veces este proceso es silencioso y subjetivo-; en los casos extremos, parece faltar la capacidad de responder a los estímulos exteriores tendientes a retomar cl vínculo con el bebé.
Podemos decir que la propia existencia del ser, del sujeto humano (especialmente en sus comienzos), depende, por lo que estamos describiendo, de la presencia de las condiciones puestas en marcha por los procesos singulares de la transicionalidad. Estos son los fenómenos que estudia Winnicott.
A partir de los dos espacios primeramente descritos, y que podemos adjudicar a un yo y a un no-yo, hacen su aparición tres áreas definidas: el área de lo subjetivo, donde se origina el "yo mismo" del bebé o self primitivo; el área del espacio intermedio o mediador (zona del vacío o hueco generado por la ausencia natural e inevitable de la madre), en el cual se desarrollan precisamente los fenómenos transicionales que estudia Winnicott; v el área del otro (primitivamente representado por la madre), que comienza a ser reconocido y que es dotado también, a partir de entonces, de existencia subjetiva.
El fenómeno que nos ocupa sucede allí donde se produce la experiencia de la ausencia.
Las fallas en estos procesos, que llamamos de la transicionalidad, son un objetivo terapéutico capital: las retomaremos en el punto siguiente cuando tratemos la situación analítica.
Con estos procesos se produce además el alumbramiento peculiar del lenguaje humano. Ello nos invita a pensar en la aparición contemporánea de la categoría preconciente.
El resultado de esta aventura fantástica es un sujeto parlante; un sujeto que se concibe a sí mismo en forma rudimentaria, centrándose en el espacio y en el tiempo, cono categorías lógicas estables.
Se afirma en su existencia dotado de cuerpo erógeno, con todo lo cual inaugura una relación con un otro; este, a su vez, es concebido a su imagen y semejanza y reconocido gradualmente como independiente del niño.
Comienza una historia propia y particular.
El otro -primeramente la madre, que luego es trasferida sobre el "osito de peluche"- es el que sostiene el aprendizaje y entrenamiento del bebé. Tal cono lo hacía el bebé cuyo juego del carretel Freud observó v describió en "Más allá del principio de placer", nuestro bebé inicia este proceso en una atmósfera de calma. Aprende a estar solo; puede hacerlo porque cuenta con el objeto transicional; preserva así al objeto real ausente, que de este modo no está expuesto a ningún daño peligroso fantaseado. Paradójicamente, esto se le aparece ya muy claro en ese momento al bebé, lo cual indica la presencia consolidada de una capacidad de discriminación entre las categorías de lo interno imaginario y subjetivo, por una parte, lo externo real, por otra parte, y la nueva categoría: los fenómenos ilusionales de la transicionalidad.
Para ilusionar necesita el fenómeno psíquico de la magia evocadora; para revestir con esta ilusión un objeto de la realidad, necesita tener suficientemente bien establecida y discriminada la categoría de lo externo y real, como también tomar suficiente distancia respecto de la creencia plena, primaria, en la omnipotencia de su pensamiento.
Este es el delicado equilibrio que proporciona el "como si'' fundamental, fundante, y característico de la atmósfera mágica de la ilusión, en el sentido winnicottiano. Es la paradoja básica de la ilusión que preside los fenómenos que estamos estudiando.
Se fundamenta en una constante imbricación de estas dos categorías de fenómenos: el fenómeno mágico y el fenómeno perceptual: ambos deben mantenerse suficientemente cercanos v diferenciados. Las fallas en esta habilidad paradójica, creación del sujeto humano, se hacen inmediatamente visibles en la pérdida de la ilusión, que desemboca en una concreción obsesiva o melancólica de la realidad externa, con la consiguiente pérdida de la realidad interna.
Sentirse vivo depende estrechamente de estos procesos, que deben ser activos y estables, fluidos v en constante recreación, serán experimentados adecuadamente cuando el self haya sido dotado de un cuerpo erógeno propio, a través de la integración psíquica y somática con un sentimiento de unidad. Esto le permite desarrollar una capacidad de ensoñación a partir de los elementos del mundo real, creación propia correlativa de la vida sexual, precursora de la relación placentera y activa con el mundo exterior.
A partir de estos procesos iniciales de separación y concomitantemente con el desarrollo de la sexualidad, emerge el complejo de Edipo temprano. Actualmente es impensable su enfoque adecuado sin la consideración de los aportes posteriores a Freud, de Melanie Klein, Winnicott y la escuela francesa.
El complejo de Edipo temprano sólo puede hacer su aparición si la figura de un tercero adquiere existencia para el sujeto infantil.
El bebé depende en alto grado, por consiguiente, para acceder a esta adquisición del tercero, de las condiciones resultantes del proceso previo, que partiendo de la feliz unión del llamado "binomio inicial” debe avanzar hacia una tranquila separación gradual.
La primera unión o binomio -sólo visible de ese modo para un observador externo- genera en el bebé, por contraste, la sensación de que esa unidad, que considera propiedad y producto de su necesidad y su deseo, es periódicamente perturbada por interrupciones. Vemos cómo la ausencia de la madre, al iniciar las inevitables experiencias de frustración, abre un espacio real entre ella y el bebé. Esta es la evolución saludable e ineludible de la realidad.
La dualidad pasa entonces a existir, deja de ser virtual para el bebé; el espacio aparece como un vacío, un hiato o hendidura, una separación o discontinuidad temporal, una falta de sostén y gratificación; este es el gap, término inglés con que Winnicott lo designa.
Es indispensable que dicha discontinuidad sea salvada para la subsistencia del sujeto infantil; primero se lo hará en la forma de la creación ilusoria: una ilusión de reencuentro basada en la memoria de la experiencia pasada, una persistencia en la fantasía de la unión anterior. Luego, ya es inevitable el doloroso conocimiento de la realidad de la separación, de la imposibilidad de reunión absoluta: la realidad de la existencia de otro separado de uno mismo se ha hecho carne.
A través del reconocimiento progresivo de este otro surge la noción de tercero, tal vez concebido a imagen y semejanza de uno mismo, y capaz de unirse con la madre reproduciendo la experiencia del bebé, que inicialmente la tuvo para sí.
Este logro es decisivo para su existencia como sujeto independiente, y aunque representa un dolor o castración radical, sienta las bases para la triangulación, temprana y tardía.
Se trata, en resumidas cuentas, del alumbramiento concomitante del Ser, centrado en su sexualidad e inserto en un triángulo esencial.
Este tercero, la persona real del padre, trae consigo la realidad y el mundo exterior: junto con esto, trae a los otros seres humanos y sus reglas, las que rigen desde entonces el mundo exogámico al que está remitido el niño.
Por la necesidad de subsistir frente a la separación, se generan el pensamiento y la palabra como soportes del juego y, de la simbolización. Con estos elementos, el bebé resuelve el momento clave de suspensión momentánea de su sentimiento de existir, ocasionada por la ausencia. Ante el alejamiento, para cubrir el hueco y quedarse con un sustituto de esa porción de sí mismo que le está faltando, el niño inventa un objeto útil para él. para representarse lo que le falta.
Este es el objeto transicional, base de los procesos de la transicionalidad que así se inician; con este trozo de objeto útil creado por él, el niño queda unido para mantenerse a flote sobre la grieta o hiato, evitando experimentar el peligroso hundimiento excesivo.
En estos momentos, representativos de la escena observada por Freud -la del juego del carretel, se ubica, además de la aparición del vocablo doble "Fort Da'', el desarrollo de un
juego mas activo, verbalizado. repetido y, tranquilizador. Esto marca un fenómeno nuevo, una categoría de hechos distintos y complejos; indica un nuevo estado en la vida anímica del bebé: cl estado de la transicionalidad.
Ya puede "entretenerse a sí mismo", ya juega; los padres respiran contentos y aliviados: ya puede estar solo. Ya buscará activamente los objetos. Será, con mucha probabilidad, una persona humana parlante e integrada en la cultura, dotada de sexualidad y de deseo propio.
A partir de allí, la historia de los procesos que solemos llamar "evolutivos" es principalmente anecdótica, ya que, en lo que hace a lo esencial de estas conformaciones básicas, no da oportunidad para grandes modificaciones; más bien suele ahondar lo que existe, logrado o fallido.
El corte que genera la primera ausencia en la vivencia plena instaura. por una parte, los rudimentos del self y, las nociones de límite corporal, marcando al mismo tiempo una herida en la continuidad del estado narcisista de la libido. Por otra parte, el papel del acariciantiento infantil que describe Winnicott aporta la sensación de existir y de sentirse a sí mismo corporal v psíquicamente a la par; pensamos que ella proviene de la presencia simultánea de una doble fuente de estimulación corporal: la zona erógena bucal estimulada específicamente por el contacto con el objeto, que forma parte de un otro, y la propia superficie corporal, sostenida y acariciada ante todo por el cuerpo de la madre.
Los fenómenos y objetos transicionales buscan reproducir y recrear precisamente esas condiciones -la presencia física de la madre- pero desarrolladas esta vez con objetos independientes, manipulables por el bebé. Estos sólo pueden ser creados y existir si los sentimientos de enojo, ira, rencor vengativo y decepción con respecto a la madre -que comienza su alejamiento- no se vuelven demasiado violentos ni se prolongan excesivamente.
Los fenómenos patológicos subyacentes a las perturbaciones de las primeras separaciones llevaron a la escuela kleiniana, con toda razón, a destacar el papel de los llamados "primeros duelos"; creemos que lo que así se denomina son más bien procesos posteriores -los fenómenos objetivamente descritos como "destete"-, sobre los cuales, como dice Winnicott, poco podríamos entender sin considerar estos fenómenos producidos en un tiempo lógico anterior, iniciadores de la capacidad de tolerar las separaciones sin experimentar reacciones de duelo patológico (es decir, sin reacciones melancólicas).
La compulsión repetitiva -manifestación del instinto de muerte- puede hacer su aparición en las reacciones de desquite del bebé, promoviendo el comportamiento que implica seguir castigando al malvado que lo abandonó; esta modalidad de relación encierra al sujeto infantil, impidiendo tanto el acercamiento como el alejamiento, ya que por razones obvias el malvado no debe morir, sea cual fuere el precio. El vínculo ambivalente así planteado toma las características de algunos procesos patológicos evidenciados en ciertos tipos de vínculos que perturban las relaciones estables de la vida cotidiana: estructuras sadomasoquistas de pareja, algunas patologías de la convivencia institucional, etc.
La opción es clara: para una salud evolutiva temprana no sirven ni la simbiosis ni el abandono hay que favorecer emocional y físicamente la emergencia de las transiciones.
Yendo un poco más lejos que Winnicott, uno podría decir que las perturbaciones de la separación temprana tienen una patología correlativa, según cuál sea el tipo de falla materna particular.
La madre que se aleja prematuramente, o que se excede en el tiempo de separación inicial, genera un estado de fobia, predisponiendo a las obsesiones y a las adicciones. En su grado extremo, esta situación determina el hundimiento psicótico, que persistirá luego como una grieta estable en la estructura. Dentro de esta perspectiva, determinadas condiciones de uno o ambos integrantes del binomio pueden favorecer usos pre-perversos del objeto transicional (Winnicott se refiere a esto en el estudio que hace del caso del cordel).
En el otro extremo, encontramos el tipo de madre que retiene al bebé para su compleción personal, que toma al sujeto infantil como una prolongación de sí misma; esto da lugar a la aparición de una personalidad infantil dependiente y a perturbaciones como el carácter fálico narcisista; en síntesis, a derivaciones de la patología del narcisismo. La madre del incesto infantil consumado -en el sentido que le da Leclaire-, la que
toma al niño como una posesión para su goce y le impide la sexualidad, prepara el terreno para la perversión.
La madre adecuada es la que se aleja de manera gradual y sin violencia, la que tolera y hace tolerable un cierto monto de desilusión, la que sabe retornar y ofrecer sustitutos apropiados con los cuales favorecer la paulatina y confiada investidura libidinal de los objetos, que de este modo comienzan a funcionar como objetos transicionales.
La otra cara de la situación pone de manifiesto la función del bebé en la economía libidinal de la madre.
El alejamiento solo se torna factible si para esta se halla presente y vivo el tercero -el padre, su pareja-, es decir, si el hombre es considerado por ella como padre para el niño, portador de la ley de los hombres, presidiendo el triángulo edípico. En estas circunstancias, también habrá sido posible una buena etapa amorosa inicial con el bebé. La madre, como persona capaz de unirse libidinalmente, sin interferencias, habrá estado dispuesta a crear un vínculo gratificante y de adecuada ilusión, por poseer una estructura predominantemente genital de su libido.
Si el tercero -el padre- está de algún modo ausente, o si hay una enfermedad depresiva o fóbica en la madre, el alejamiento es imposible, porque el vínculo dual es para ella indispensable. El hijo "debe" pertenecerle y toda la evolución del bebé queda interferida v se altera gravemente.
Cuando la madre es capaz del incesto temprano, pero paralelamente ha existido cierto grado de ilusión preservada en el vínculo, se instala una dualidad marcada por una escisión del yo, la Spaltung central, y se organiza una estructura perversa.
Una madre psicótica, confusionante o narcisista, es decir, ajena a todo posible vínculo, abandona al bebé en un estado en el que predomina inevitablemente el clima de persecución pura, a causa de que en su hundimiento queda a merced del ello
primitivo. No hay siquiera rudimentos del proceso de ilusión y se instala el estado psicótico desde el comienzo.

La situación analítica

El descubrimiento de los fenómenos y objetos transicionales por Winnicott adquiere relieve de verdadero aporte porque saca a la luz estos hechos cruciales de la evolución del psiquismo temprano, con inteligencia desprejuiciada y nitidez de lupa de gran aumento. En ellos nos basamos para los desarrollos que estamos describiendo; nos permitiremos hacer ahora algunas consideraciones sobre la clínica, esclarecidas por sus aportes.
La afirmación más fecunda de la clínica analítica dice: No se cura "en ausencia"; lo que modifica es la actualización y su interpretación en la transferencia.
La función del analista durante esta actualización consistirá -a través de la adecuada desilusión v desarticulación de mitos y perseguidores- en traer la realidad e instalar la ley de la interdicción del incesto, con la consiguiente movilización exogámica vital. Este enfoque permite captar con más precisión las dificultades que se generan en los preciosos instantes previos de desilusión por la ausencia, y el consiguiente fracaso del desarrollo de los fenómenos transicionales que deberían surgir en esos momentos.

Nuestra actividad clínica necesariamente enfoca esos momentos tempranos, buscando en la repetición las perturbaciones que rodearon la ruptura del binomio de la unión feliz.
Como si escenificáramos cada vez en el proceso analítico el juego del carretel, procedemos convencidos de que el germen que buscamos está allí: o no se engendró dónde y cómo se necesita -nos referimos a los fenómenos y objetos transicionales-, o quedó estacionado en alguna etapa intermedia.
Veamos ahora la situación analítica. En la regresión trasferencial se van a reeditar estas perturbaciones.
En el encuadre de la situación analítica, el paciente neurótico descubrirá gradualmente con nosotros “que no sabe jugar con el carretel''. Aquí nos reencontramos con Winnicott, que no deja de insistir en todos los aspectos y significaciones del juego en el trabajo analítico y para la salud.
Nuestro analizando comprende poco a poco que carece del "como si", esencial y decisivo para su salud. Sus dificultades se expresan en una amplia gama, que va desde las fallas en el reconocimiento del otro como objeto independiente de él, hasta las vivencias penosas de pérdida constante e irrecuperable del otro y del vínculo, con la consiguiente y aterrorizante frustración de la gratificación.
Entre estos dos polos se encuentra una gran zona intermedia, de patologías variadas.
Esto se reactiva repetitivamente en el clima de ilusión, emoción y magia que proporcionamos con el encuadre del tratamiento. Se producen momentos fugaces en los que la regresión trasferencial nos hace encontrar a un niño pequeño, expuesto y sensible a la influencia emocional. Espera el trozo de realidad que le permita sostenerse y, sólo así, poder volver a desear y a experimentar confianza en el otro: precisa encontrar en la reedición trasferencial algún camino mejor que el que lo llevaba a repetir los antiguos senderos del encierro, la fractura o la fusión fóbica.
En algún momento del tratamiento se reeditarán (en medio de circunstancias distintas, resultantes de la desarticulación de los procesos defensivos citados) las experiencias del corte, la vivencia de hundimiento y la aparición del hiato o gap. Son instantes de pánico, terror y despedazamiento somático, pero que ahora son vivenciados en compañia del analista y sostenidos por el vínculo con este.
Sólo entonces el trabajo de reconocimiento gradual y de desarticulación de procesos inútiles, masoquistas e ilusorios (no ilusionales) dará paso a un estado de desilusión tolerable y eficaz para iniciar un acercamiento a la realidad.
La actividad psíquica, previamente desactivada por el pánico, se recupera; la conciencia de continuidad reaparece junto con el impulso libidinal y el deseo, ligando los impulsos previamente desorganizados por el pánico y el sometimiento a un superyó primitivo que representa las tendencias tanáticas del ello. El surgimiento de sentimientos de esperanza y confianza verbalizados acompaña la emergencia de fenómenos transicionales que permiten ilusionarse con respecto a reencuentros capaces de restituir el clima emocional de los primeros encuentros amorosos y eróticos en el vínculo inicial.
Conviene llamar la atención sobre un uso algo diferente que suele dársele al término "ilusión", donde lo ilusorio se contrapone a lo realista, e indica un alejamiento de la realidad; esta dificultad puede obviarse optando por el término ilusional, que afianza el nuevo sentido winnicottiano de mecanismo activo, producción mental, emocional y perceptual, que tiende el puente hacia los objetos de la realidad. No es lo mismo ser un iluso que ilusionarse.
La disponibilidad analítica, lejos de ser una sustitución materna o un maternaje. (como lo aclara W. Baranger), se asemeja muy definidamente al "como si" del que carece el analizando; cálida y comprensivamente, como si fuera "el osito de felpa", partiendo de los preciosos momentos regresivos de vivencias de desilusión y separación, inicia el proyecto de capacitar al sujeto, a través de la actividad interpretativa, para tolerar el dolor y crear transiciones hacia los objetos de la libido, por medio de desplazamientos, sustituciones y distribuciones constantes. Es por esto que decimos que tiene marcada relevancia la capacidad y la habilidad específica del analista para sensibilizarse a estos procesos y hacerlos concientes, para captarlos y capitalizarlos, ya que son los más susceptibles de recibir la acción terapéutica o mutativa.
Veremos aparecer en la trasferencia la repetición de los desencuentros y de los recursos erróneos puestos en juego, en medio del miedo a la depresión, la desesperanza y el sentimiento de desamparo extremos que fueron vivenciados antaño sin respuestas ilusionales. Lo verenos surgir cuando logramos retirar o desarticular splittings, disociaciones psique-soma, bloqueos obsesivos, represiones, renegaciones, escotomas, adicciones. acompañantes fóbicos. etc.: en una palabra: cuando disolvemos todos aquellos medios a los que el individuo había echado mano para enfrentar esa situación inadmisible, catastrófica y psicotizante: la de permanecer sin ilusión y empezar a desaparecer como ser, por el agujero o hendidura de la separación. Es imposible aprender a separarse sin la ilusión de nuevos reencuentros gratificantes.
El analista que acompaña este proceso debe lograr previamente en el analizando el reconocimiento y la aceptación tranquila y definitiva de la separación inicial. Con sus interpretaciones confiere, de por sí, limitación y cualidad a lo real. La verbalización, por parte de ambos, en esas situaciones de experiencia emocional básica trasferencial, opera una mutacion significativa; el tratamiento verbal de lo vivido emocionalmente y en la fantasía le quita su carácter mágico, irreal y persecutorio, y otorga a todo lo vivido el don de ser simbolizable y discriminado.
El rencor, motor tanático, se desactiva: aparece anacronico y carente de sentido. El analista está allí, sereno y disponible (aunque con la firmeza de lo real), frustrante para la demanda imposible de amor endogámico, decidido a sostener la realidad, a la par que sobreviviente y afectuoso. Su adiestramiento y habilidad le permiten crear una estrategia general dirigida a desalentar también la aparición o repetición de la tiranía del bebé sobre los objetos transicionales tempranos. En este período, el analizando le exige a su analista que cumpla con obras propias de un mago. ya que en esas épocas el niño atribuye a la madre, y luego al analista, todas las capacidades (es decir, la magia que el propio niño anhela conservar y que creyó poseer en los momentos de unión inicial).
Vital, aunque no sobrehumano, decidido a reducir los excesos de esta fantaseada omnipotencia y de la idealización, el analista, así corto se embarcó inicialmente en el proceso de ilusión que a través de las proyecciones lo fue recubriendo, inicia el proceso de desalentarla -lo que Winnicott llama "desilusión” hasta lograr desarticular la creencia en esa fantasía universal y básica: el retorno feliz e idealizado a la dependencia infantil. El analista es un deshacedor de mitos universales.
El analizando estará entonces en condiciones de descubrir la insuficiencia actual de este tipo de gratificación ilusoria, por otra parte sólo realizable en una relación dual e infantilizante.
El clima de ambigüedad que proporcionamos a la situación analítica se propone expresamente crear el "lugar privilegiado" para esta actualización de los fenómenos transicionales en su carácter de paradoja.
El analista acompaña y espera, desarrollando su actividad interpretativa para permitir la aparición de la imprescindible confianza en un vínculo estable, sobre el cual se repetirán los
fracasos traumáticos, el carácter y persistencia de la herida narcisista infantil, y, como consecuencia, esa específica y determinante pérdida de confianza en la propia habilidad creadora de ilusiones, y la incapacitación consiguiente para la satisfacción real de deseos.
La conducta contratrasferencial, centralizada en el fenómeno de la empatía (a su vez basado en los fenómenos de identificación proyectiva e introyectiva), permite que el analista
comprenda vivencialmente lo que experimenta el analizando de manera regresiva y encuentre las palabras que dan existencia y, por consiguiente, tolerancia ante las situaciones emocionales anteriormente imposibles de elaborar, situaciones carentes de palabras y por ello impensables y traumáticas.
Probablemente, al vivenciar la pérdida en un estado inicial de fusión, es la madre, con su empatía especial y específica, quien puede traducir y tornar gradualmente vivibles y tolerables para el sujeto aquellas experiencias de terror, persecución extrema, desgarramiento, descuartizamiento y fragmentación corporal, y amputación de su psique. Lo que no hizo la madre en su función complementaria es tomado a su cargo por el analista en los momentos de actualización regresiva; sólo entonces, el bebé hará activamente con su osito de peluche aquello que experimentó en su pasividad dependiente. Así, las situaciones traumáticas innombrables devienen fenómenos transicionales.
Como la madre debía hacerlo y no lo supo hacer, toca al analista sagaz y sensible desligarse gradualmente de su función de talismán, mito, trago u objeto acompañante y librar en el sujeto las fuerzas del deseo propio en la búsqueda de la satisfacción real.
En este desligamiento, dificultoso para el analizando, se evidencia la perturbación existente en el sujeto para tolerar las separaciones. Las separaciones en el vínculo analítico pondrán de manifiesto el carácter perturbado del alejamiento v reencuentro, tema cotidiano en la repetición trasferencial. Al reactivar estos procesos, es el analista quien se trasforma en el objeto transicional.
Pero va desde los comienzos del tratamiento, algunas de las características asumidas por el analista en el encuadre permiten proyectar sobre él ese tipo de objetos ilusorios poseedores de una función mágica protectora deseada y temible.
Las interpretaciones al respecto señalan la falsa necesidad actual del paciente de mantener su refugio imaginario en un mundo poblado de seres legendarios y míticos, y erróneamente transicionalizado, multitud de detalles en las sesiones analíticas desalientan lentamente la posibilidad de mantener la creencía en aquella imagen todopoderosa, ílusíonal del analista. De ahí la importancia del adecuado uso de esta ambigüedad puesto que es la que permite la ejercitación, por parte del analizando, de los fenómenos de transición que poco a poco dan paso a la función del analista como objeto transícional útil y evolutivo.
El analista, en su calidad de tal, no se ofrece como sustituto materno ni puede -por esencia- satisfacer la demanda pendiente de amor infantil. Es una persona, pero no se va a comportar plenamente como tal sino en situaciones críticas, cuando sea indispensable para proseguir su existencia y función como analista y en salvaguarda de su persona física o de la del analizando.
El espacio vacío o gap puede ser inexistente o desmesurado, según la patología particular. Deberá atemperarlo el trabajo analítico, que irá dando a este espacio una condición útil y funcional, una duración y dimensión adecuadas a la persistencia del ser infantil; recién entonces podrán desarrollarse allí los fenómenos mentales transícionales que sentarán las bases para la aparición de la experiencia ílusional indispensable de reuníón metafórica. Esta experiencia ílusíonal debe su aparición a la necesidad vital de cubrir el espacio vacío. previamente ajustado a una dimensión útil para la evolución.
Sobre la base de una relación trasferencial reaseguradora. que actualice experiencias de gratificación ílusíonal, el analizando fabricará un puente metafórico entre las dos orillas que se definieron a partir de la discriminación. La huella de un "momento ílusíonal" de encuentro feliz cuando persiste.se recupera o se instaura -como en las psicosis- sirve como base adecuada para tener certeza en el reencuentro, raíz a su vez de la confianza en la existencia de otros seres semejantes.
Este momento ílusíonal de encuentro feliz, logrado por medio de los procesos de empatía del vínculo analítico, evidencia que la función de objeto transícional del analista y los fenómenos transícionales son los constituyentes por excelencia del vínculo trasferencial.
El analista actualiza al chamán, el médico brujo poseedor de poderes, el mago por excelencia, la madre ideal del narcisismo.
Desalentar esta proyección y la capacidad de sugestión que nos confiere en la función de interpretar nos lleva a abordar la creación mágica que la sustenta: esta es una tarea difícil y resistida por el analizando, que se propone defenderla a causa de su reiterado rechazo global de la realidad. El ingreso de la realidad tan resistida limitará el acceso al refugio en su mundo ílusorío -por otra parte una constante en nuestra cultura-. Debido a su carencia de habilidad para relacionarse con la realidad exterior aún poblada de fantasmas y monstruos ingobernables, pide moratoria para este estado de cosas.
Su mundo ilusorio suele estructurarse como un "baluarte" (concepto acuñado por W. Baranger); el individuo no pone en juego sus objetos mítico-mágicos del baluarte porque no quiere perderlos; teme quedar excesívamente inerme frente a los perseguidores, en el sentido tradicional del término. A veces se ha explicado esta relación como una reacción terapéutica negativa, como un incremento del instinto de muerte o un predominio de las tendencias tanátícas. Creemos que en la actualidad el acento se ha desplazado, con un enfoque diferente, a encarar un orden de dificultades y temores presentes en esa patología que proviene, además, de las perturbaciones características de una pobreza o ausencia de transícíonalídad. Decidirse a exponer el baluarte en el análisis es un paso arriesgado y totalmente decisivo, porque afectaría la existencia misma del sujeto como ser, de no contar -en la círcunstancía temida de desamparo- con la adecuada presencia externa que lo sostenga (el analista), mientras se genera, a través de la transicionalidad incipiente, su enganche activo con la realidad.
Además, el analizando en cuestión no tiene aún ninguna idea respecto de lo que, puesto en esa situación, va a ser capaz de producir; tampoco puede indicar a nadie cómo tendrían que comportarse con él para contribuir a la ruptura de su baluarte; sólo nosotros sabemos, de acuerdo con estas conceptualizacíones sobre la transícionalídad, que se trata de acompañarlo hasta que logre producir su estado ílusíonal y transicionalízar algún objeto externo, como punto de partida de la recuperación.
Una y otra vez recae el analizando en los viejos caminos y recursos conocidos. El analista va a reconducír la situación en el rol de figura parental que desalienta tendencias simbióticas e infantiles y alienta la transición hacia objetos de la realidad.
El estudio de las psicosis investiga, desde hace varios años y por caminos convergentes a partir de distintos esquemas referencíales, un abordaje terapéutico que nos parece dirigido a restablecer esta misma situación básica que examinamos. Lo que decimos no se refiere a un simple proceso de desarrollo de capacidades yoícas, a la manera de la escuela conductísta norteamericana. Se trata, muy por el contrarío, de una específica y prioritaria capacidad que posee exclusivamente el ser humano de nuestra cultura.
El articula con maestría la capacidad de juego (de la que animales y primitivos están dotados) en procesos de lenguaje, simbolización y abstracción conceptual, merced a los cuales se establecen vínculos afectuosos y placenteros, estables y vitales, con personas y objetos significativos, y que dan pie, además, a la adquisición de habilidades creadoras específicas.
Winnicott insiste: "No son los objetos en sí los que definen su valor como objeto transicional, es el uso que el bebé les da”. Apunta al tipo de fenómeno cuyo tinte emocional y psíquico particular hace que el objeto adquiera una significación específica para ese bebé, intrasferible y estable, y que lo trasforma de este modo en un objeto transicional pleno o típico.
Estos caracteres del objeto transicional lo individualizan entre todos los otros objetos del mundo circundante, sobre los cuales también se vuelcan aspectos significativos del mundo interno del bebé (es decir, objetos que reciben trasferencias, en el sentido habitual del término).
Freud describió este fenómeno esencial de la trasferencia como una disposición, propia del sujeto humano, a la reproducción o repetición de prototipos infantiles, proceso que actualiza los deseos inconcientes referidos a ciertos sujetos en un tipo de relación establecida con ellos. En todos los casos -para Freud- se trata de trasferencia de situaciones de la sexualidad infantil y edípica. Este fenómeno es esencial en la vida de relación. Abre el camino al establecimiento de vínculos, y es el mismo que se despliega iniciando la relación analítica. Sólo en etapas avanzadas de esta relación se dan las condiciones para que se actualicen aspectos más tempranos; sólo entonces se puede trabajar en la revitalización de los fenómenos y objetos transicionales estancados o ausentes tanto en la neurosis como en la psicosis, dando paso a un progreso hacia la salud.
Al reactivarse estos procesos, el analista puede ser tomado como un objeto transicional.
El analista se brinda para la transicionalidad, pero esta no se despliega de inmediato, sino todo lo contrario, por estar trabada tempranamente en su proceso de formación; esto se, evidencia en la repetición de las carencias en la trasferencia. A partir de estas repeticiones, podemos preguntarnos cómo, cuándo y por qué se trabó el proceso transicional y qué fue lo que determinó la aparición y persistencia exclusiva de la otra categoría de objetos míticos, talismanes, etc.
El analista necesita estar dotado de una estructura de personalidad básicamente adulta y equilibrada para ofrecerse a retomar los fenómenos transicionales fallidos y llegar a funcionar con el analizando como si fuera el "osito de felpa', compañero fiel del aprendizaje infantil. Es decir que el analista se dispone, a cumplir el rol y la función de un verdadero objeto transicional, en un comienzo rudimentario, en evolución hacia el objeto transicional pleno.
Lo señalado reafirma la importancia del adecuado uso de la ambigüedad para crear y mantener el rol de analista. Instalado en esa ambigüedad, recibe sobre sí la ejercitación por parte del analizando de los fenómenos de transición, y se presta para su función de objeto transicional.
Esta situación suministra el sustrato para las interpretaciones trasferenciales relativas al núcleo simbiótico o fóbico temprano subyacente en las fallas neuróticas o psicóticas, y por este camino se logra el abordaje amplio de los problemas narcisistas y confusionales inherentes a estas fallas.
En estos tramos del proceso aparece muy claramente planteada una relación trasferencial y contratrasferencial que no se asemeja a las transferencias edípicas: estas movilizan objetos
parciales o partes de objetos, o características aisladas de estos objetos; son relativamente laxas y fácilmente desligables a través de las interpretaciones. La diferencia es visible si se compara este cuadro con el que se despliega cuando se accede a los niveles de transicionalidad de que nos estamos ocupando. Estos generan en la situación analítica una modalidad de relación que excede en mucho a los procesos de trasferencia descritos. Es una relación estable e indispensable. En su evolución terapéutica positiva desemboca poco a poco en un vínculo rodeado de un halo de privacidad y afectuosidad crecientes; van predominando la consideración del otro y cierta autolimitación en las demandas previas de tipo infantil omnipotente, narcisista o sadomasoquista; paralelamente, se van mitigando las actuaciones de repetición compulsiva y tanática, y se inaugura una relación activa y también considerada con otros semejantes de la realidad circundante.
A partir de este estado de cosas, el analista es -y aquí hay una aparente contradicción- menos necesitado, menos temido (o casi nada temido), y el desligamiento se desliza como llevado por su propio peso, como un proceso natural. Las manifestaciones de duelo son atemperadas y dan paso al placer de los nuevos logros y capacidades de realización, que llenan con su vitalidad la vida cotidiana y la vida ilusional de fantasía creadora del sujeto. La ensoñación y el fantaseo tienen relación fluida y directa con la disposición y la capacidad yoica para su realización, y el superyó preside en armonía esta acción en la
realidad, favoreciendo el establecimiento, preservación y amiación de vínculos afectuosos y eróticos estables con personas e ideales compartidos activamente; como señala con insistencia Winnicott, este es el aspecto visible de una personalidad básicamente saludable.
Tal es también el proceso normal de apartamiento del primer objeto transicional que podríamos llamar pleno, en los casos en que el desarrollo infantil ha seguido un curso adecuado.
En los casos en que el osito de felpa queda como tal -manifestación de una suspensión patológica de los procesos de transicionalidad-, genera una categoría especial, como objeto acompañante o como consolador (así los llama Winnicott). Esto es más visible cuando se trata de un objeto como la frazadita, por ser un objeto menos elaborado y primitivo.
En otros casos la evolución del objeto transicional se desvía y da por resultado un objeto fetiche (en el sentido corriente. no como fetiche de la perversión).
Tenemos la impresión de que la fetichización perversa va a depender de un tipo de trasformación específica en un punto de la evolución de los objetos transicionales. Siguiendo un curso paralelo a la desviación que experimenta toda la personalidad, en este caso va acompañada de la aparición de una estructura perversa.
Este y otros ejemplos de evolución incompleta de un objeto transicional y del vínculo con él nos llevan a pensar que estamos ante un proceso que consta de dos tramos: 1) la emergencia y funcionamiento de los fenómenos transicionales, y 2) la captación y acondicionamiento de algún objeto del entorno, lo cual es contingente y depende de la oferta ambiental y de una conducta básica adecuada de los padres, en cuanto a su habilidad para facilitar la transicionalidad. Pero, si bien los dos pasos anteriores son fundamentales, la articulación de ambos pasos es el acto privilegiado, el acto de creación del sujeto a partir de la ruptura previa tolerada del estado narcisista primario. Es casi un segundo nacimiento decisivo.
Quien esto lee esperará encontrar, además de coincidencias. aperturas y aclaraciones conceptuales, material clínico ilustrativo. Con toda razón lo pretende: no diré que se trata de una experiencia emocional imposible de trasmitir. La experiencia trasferencial regresiva de que se trata es conocible y reconocible, pero solamente a partir de la propia experiencia del psicoanalista, y de un claro panorama conceptual.
Esta familiarización con el fenómeno que describimos se logra durante el proceso de formación cono psicoanalista, fundamentado en el propio análisis y en el especial aprendizaje correlativo que caracteriza las supervisiones clínicas -cuyo marco, aunque diferente del de un análisis personal. está sin embargo emparentado con él . Esta experiencia se complementa con articulaciones teóricas que se dan en el curso de la
formación en seminarios.
Durante este proceso, tiene ocasión de actualizarse repetidas veces la situación básica de que se trata aquí; esto, a su vez, se instala en la contratrasferencia, capacitando al analista frente a las más variadas modalidades de angustia y de defensa. El haber experimentado adecuadamente regresiones a niveles tempranos le permite compartir y comprender aun las modalidades ajenas a su propia estructura.
La experiencia de hundimiento le resulta de este modo vivenciable, y puede conocer todo lo que se refiere a sus perturbaciones si también está dotado de una apropiada capacidad de mantener su propia integración.
Este conocimiento vivencial tan precioso (el único valedero para su capacitación clínica y teórica plena) es a la par el fundamento de una actividad científica creadora, porque lo aleja de la necesidad de erigir (y erigirse en) la función de ídolo o mito, y le confiere la capacidad dinámica y la curiosidad investigadora placentera propias de la presencia eficaz de la ilusión. Lo aleja también de los riesgos de ideológización y cristalización ritualizada tanto en sus desarrollos científicos como en su actividad clínica.
Resumiendo, pensamos que el conocimiento de estos fenómenos y objetos transicionales es trascendente para el manejo clínico. Desde el comienzo del tratamiento analítico, el analista es puesto en un rol idealizado v omnipotente; pasado un tiempo, él acompaña activamente la elaboración de la separación primaria, v, por último, en la terminación del análisis sigue el destino característico de los objetos transicionales.
Este es el modo adecuado de participación del psicoanalista en los procesos transicionales que revive y reestructura el analizando a lo largo de toda la situación analítica.

Consideraciones sobre la simbolización

Algunas cuestiones referidas a la simbolización que se instala en cl curso de este proceso nos invitan a hacer ciertas consideraciones.
La ecuación simbólica (concepto caro a la escuela psicoanalítica inglesa) parece estar denominando el primer pasaje o transición, donde el "como si" no está aún suficientemente consolidado y tanto el símbolo como lo simbolizado pueden recuperar su carácter esencial, perdiendo su valor recientemente adquirido de simbolizante.
La simbolización parece consistir en una serie sucesiva de pasajes, o transiciones, enmascaradores del objeto que representan. En esta sucesión se llega a un punto en que el símbolo puede ser usado como sustituto del objeto original, sin conflictos frente al superyó.
¿Qué es, entonces. el carretel? Es un objeto transicional típico inicial.
En la creación del objeto transicional pleno, ¿interviene la simbolización? Tenemos muchas razones para pensar que sí.
Todo objeto transicional, por definición, representa claramente la presencia real de la madre buena, recibe trasferencias y las simboliza, pero no toda trasferencia de la madre buena ni todo símbolo materno dan origen, de suyo, a un objeto transicional pleno.
El característico "como si" que preside los fenómenos transicionales parece ser el prototipo del concepto que, a medias imaginario y a medias perceptual, sustenta la simbolización verdadera, la sublimacion v los vínculos con significación emocional placentera -ya se trate de vínculos con ideas (ideologías), con cosas (talismanes, objetos protectores. objetos de la creación artística) o con personas (ídolos, magos, figuras protectoras)-. Asimismo, se caracteriza por el predominio de afectos positivos y de tendencias eróticas, generadores de progresiones y desarrollos, que es típico de la libido objetal en acción.
Melanie Klein diría que esto surge porque se ha instalado ya en el sujeto infantil una identificación temprana con el pecha bueno como fuente estable de vida. o una pareja en coito fecundo, o una identificación yoica con la madre buena real.
El bebé trata al carretel "como si" fuese la madre que se fue. pero pronto se observa que estas conductas del bebé se tornan más complejas, y lo vemos, ya con su osito de felpa, remedando la relación revertida: él es la madre con su bebé.
¿Qué quiere decir esto? ¿Qué ha pasado?
El bebé ha interiorizado los dos personajes y los administra: ya no es un bebé que se queda solo. incompleto. desamparado y aterrorizado: es una mamá que aprendió a reconfortar al bebé antes de que este experimente el terrorífico sentimiento de desamparo. Previamente a esta estructuración, parece no existir todavía un yo primitivo capaz de desarrollar tal actividad sustentadora real.
En ese momento el niño "se entretiene a sí mismo": eso suelen decir los padres cuando observan con satisfacción que descubrió cómo jugar con juguetes u objetos, prescindiendo -al comienzo fugazmente- de la necesaria presencia de la madre. La expresión es ilustrativa, porque tiene el carácter reflexivo implícito en este acto del niño: "se entretiene"... El
niño comienza a estructurarse, a través de los fénomenos transicionales, de tal modo que cuando esté solo, sin un objeto externo complementario, permanezca sin sentirse solo, es decir, sin experimentar el sentimiento de hundimiento previo a una vivencia de desamparo y de "fin del mundo característica de los momentos de ausencia sin transicionalidad.
Es llamativa la semejanza que hay entre la relación yo ideal/ideal del yo en el narcisismo y en los fenómenos de "lo siniestro", y el proceso de hundimiento en este gap que precede la aparición del estado psicótico, donde el yo queda sometido al ello dotado de poder de dominio absoluto -sin ese yo inicial protector de lo familiar, actuando como si fuera un ideal del yo de muerte pura al cual el yo primitivo se somete totalmente .
El hundimiento es en el gap, en cuyo fondo están los contenidos del ello primordial terrorífico, atrapador. El yo funcional primitivo o inicial corre peligro, puesto que -por su endeblez- puede quedar a merced de ese ello primitivo, reproduciendo automáticamente, como bajo un influjo hipnótico, su actividad arbitraria, contradictoria, desorganizada y terrorífica.
Con esto nos enfrentamos en la práctica clínica.

Breve historia de una supervisión
Colapso regresivo transitorio en un final de análisis

Este pequeño relato se refiere a una situación crítica desarrollada en las etapas finales de un tratamiento psicoanalítico. Su consecuencia fue un breve pero penoso estado de regresión en una paciente, que pasó desapercibido como tal, tanto para el analista como para el analizando, y que tenía profundas implicaciones -como se vio luego- para la resolución del conflicto básico de la personalidad. También fue sumamente esclarecedor para el analista, una vez elaborado v resuelto el significado profundo de la situación a que nos referimos.
Se trataba de una insensibilidad circunscrita y específica preexistente en el analista, respecto de este fenómeno básico de no integración del que nos ocupamos, en torno a fallas personales en la capacidad de ilusionar y de desarrollar los procesos de transicionalidad básicos.
El analista consultó para una supervisión ulterior a la terminación del tratamiento analítico de una adulta joven que, luego de un prolongado v satisfactorio trabajo analítico, atravesaba momentos decisivos del proceso de desarticulación de la estructura maníaca nuclear, la cual actuaba defensivame y como soporte sustitutivo de los insuficientes fenómenos transicionales presentes. Algunos de los objetos transicionales de que disponía tenían la índole de los objetos acompañantes, otros presentaban las características de la adicción; eran frágiles, rudimentarios y funcionalmente poco aptos para desarrollarse hacia su utilidad plena. La relación trasferencial, si bien desmitificada y desarticulada en sus aspectos idealizados y persecutorios extremos, nos pareció, durante la supervisión, carente de las cualidades de confortamiento, familiaridad, ternura y disponibilidad que son propias de un vínculo con perspectivas de acceder a la categoría de transicionalidad que propicie en la trasferencia la aparición de un objeto transicional plenamente desarrollado.
Lo que motivó la consulta de nuestro colega fue el haber constatado con sorpresa que, tanto en esta como en otras oportunidades, los tratamientos psicoanalíticos que llevaba adelante exhibían algunas irregularidades y dificultades inconprensibles para él, así como reacciones sorprendentes en las etapas finales, o en el nudo de terminación del vínculo.
Puestos a la tarea. ambos comprobamos (con cierta extrañeza por parte de él) que luego de un importante período de sólidos logros en la labor con el analizando, y cuando el tratamiento debía.a su criterio, entrar en un estado mas tranquilo y cercano a una mayor salud, aparecía, por el contrario, un comportamiento inquietante y llamativamente complicado del analizando en su vida cotidiana y en su vínculo con el analista. Con demandas aparentemente infantiles v regresiones que provocaban irritación y sorpresa contratrasferencial, desplegaba de manera incontenible una conducta infantil dependiente, que desembocaba en un estado tranisitorio desoganizado y proteiforme, y situaciones dolorosas en algún aspecto de su vida diaria en tanto se conservaban los logros obtenidos en las otra áreas de su vida y de su personalidad.
El analista había apelarlo previamente, para aclararse estas sucesos, a conceptos derivados de la noción de reacción terapéutica negativa, compulsión repetitiva y "fracaso ante el éxito
". Nada de ello le facilitó la comprensión en este periodo: no pudo encontrar los caminos ni los recursos que le permitieran implementar eficientemente en las sesiones analiticas algunos de estos conceptos: la eficacia interpretativa actual de nuestro colega con el analizando se había diluido por entero.
La otra parte de la historia se desarrollaba en la contratrasferencia: el psicoanalista era conciente de que experimentaba rechazo, hastío. aburrimiento y crisis de severidad hacia el analizando. Al fin, luego de un tiempo comprendió que en él se había cortado el vínculo. Lo que no pudo comprender psicoanalíticamente fue cl significado de este estado final de la transferencia y de su respuesta.
Pensamos que esta deformación del vínculo trasferencial se originó por la aparición de las perturbaciones del vínculo temprano subyacentes a la estructura maníaco-fóbica en disolución de la analizanda. A partir de entonces tendría que haber sido vivenciado en el vínculo como un proceso de desilusión patológica y retomado hasta constituir una saludable capacidad de ilusión, dando lugar a un trabajo de encauzamiento desde los rudimentos presentes de transicionabilidad.
Fueron los reclamos infantiles ideales de la analizanda, característicos de los elementos remanentes de su vínculo simbiótico temprano, los que chocaron con un escotoma específico de la historia personal del analista. Para salir de esta situación le habría sido indispensable contar con los conceptos sobre la transicionalidad, la capacidad de ilusionar y el conocimiento de sus perturbaciones.
Comenzamos a revisar juntos, sistemáticamente, varios historiales clínicos de sus tratamientos psicoanalíticos actuales y pasados; pudo comprender por fin, con enorme sorpresa y emoción, que el carácter singular de esa situación que se le presentaba siempre en el mismo punto de cualquier proceso analítico tenía que ver con un suceso personal de su historia infantil, que existía en su recuerdo, pero había sido negado en sus aspectos emocionales y disociado como un hecho neutro.
Se trataba de una deficiente o insuficiente resolución de sentimientos depresivos generados en un suceso centrado en el alejamiento traumático temprano de su padre; ante ello, apeló a robustos y eficientes recursos de la personalidad, que le permitieron mantener su solidez, su vinculación estable v firme con la realidad, y la continuidad de una buena maduración; era un hombre muy inteligente y su sensibilidad y afectividad se habían conservado en un grado aceptable.
Desde ese momento comprendió también, espontáneamente, cuál era la relación que existía entre esa específica dificultad de su práctica clínica y algunos aspectos de su modalidad afectiva conocidos por él; esto constituyó un verdadero descubrimiento sobre sí mismo.
A partir de estas ampliaciones, surgieron incontenibles otros enlaces significativos con respecto a su personalidad, que pusieron de relieve -ya sin resistencia a comprender de su parte- la influencia que estas dificultades habían tenido en la pobreza de su elaboración y producción científica. Todos estos hechos, de su vida emocional, que hasta entonces parecían no preocuparle, recuperaron vivacidad y fuerza actual.
Como epílogo, recordó -esta vez con una emoción adecuada v fluida, y estableciendo con nitidez relaciones significativas entre los sucesos- cuánto había lamentado de niño no tener la posibilidad de ser él mismo niño, ya que se vio obligado a cuidar a los otros niños y a la madre, que quedó sola. Retomó gradualmente, con gran riqueza de datos y afectos, la reedición de esta situación en su vida actual y la forma en que ella incidía en su práctica clínica.
El interés por estas consideraciones inauguró una evolución intelectual que fue adquiriendo agilidad y riqueza conceptual; se fue afianzando su curiosidad científica impregnada de mayor soltura emocional y de mayor confianza en su pensar. Esta evolución sigue en marcha en la actualidad.
Nuestro trabajo de supervisión continuó un tiempo más, y pudimos ver cómo, con ingenio y habilidad. fue poniendo en práctica de manera paulatina, a través de la contratrasferencia, una forma de exploración de sí mismo ante los estados de desamparo emocional, desconocidos por él hasta entonces cuando se presentaban en la trasferencia del analizando. Se observaba a sí mismo en esas circunstancias, concierte esta vez de que debía evitar sus antiguas defensas de disociación del afecto, de la ternura y de la necesidad de contacto e interdependencia. Estas habían sido las causas que determinaron, por su utilización previa crónica y rigidizada, el importante escotoma descubierto en la práctica clínica y su inhibición para un desarrollo exitoso, impedido hasta entonces.

Los objetos transicionales y sus destinos

Es conveniente hacer algunos precisiones respecto al conjunto de hechos de la evolución más temprana a que nos hemos referido. Por una parte, está la existencia innata de una capacidad de transicionalidad -habilidad específica de experimentar los fenómenos transicionales-; por la otra, la puesta en marcha de esta capacidad a través de la aparición de los fenómenos transicionales, su consecuencia natural. El establecimiento activo y continuado de los procesos de transicionalidad permite al bebé ir trasfiriendo progresivamente fantasías e impulsos sobre objetos que en forma gradual -y merced a estas trasferencias- pasan a integrar una serie de objetos transicionales significativos, los cuales pueden desembocar o no en la aparición del objeto transicional pleno.
La creación de estos objetos transicionales plenos resulta ser, no sólo la última etapa de un proceso característico, sino además uno de los avatares posibles en estas etapas tempranas. Los llamamos "plenos" porque cumplen todas las funciones que el niño requiere del objeto transicional. Ellos acompañan y sustentan los procesos de integración de la personalidad temprana, en razón de que permiten -sin peligro- el ejercicio de los impulsos tempranos aún no integrados, que pueden desplegarse activamente sobre ellos.
En el procesamiento que experimentan los que luego serán objetos transicionales pueden surgir, por desviación, distintas categorías. Desde los rudimentos de transicionalidad que originan objetos transicionales de breve duración, hasta los objetos transicionales plenos que desembocan en el "osito de felpa'' -que a su vez dará paso a una creatividad plena, sin conflicto patológico, diríamos de carácter genital-, la serie puede detenerse en su evolución o derivar hacia un uso aberrante.
Este uso aberrante de un objeto transicional incompleto específico de cada cuadro psicopatológico. Algunos de estos derivados característicos son, por ejemplo: el objeto acompañante en la fobia, los talismanes o fetiches no perversos, personas o animales investidos como ídolos; las creaciones mixtas derivadas de estos, ideologías, instituciones, creencias, etc. Parecen ser estancamientos correlativos al estancamiento de la evolución del sujeto, frutos incompletos de fases de transición de este fenómeno que estudiamos.
Winnicott descubre y localiza el fenómeno transicional en el pasaje de lo imaginario a lo real, y su función parece ser, precisamente, iniciar las trasformaciones precursoras de los procesos simbólicos.
No se nos escapa la particular significación que puede adquirir este enfoque de la cuestión, pues desembocaría en una nueva perspectiva sobre el problema del origen y la formación de símbolos.
El fenómeno transicional es, a nuestro entender, característico de un tipo de actividad mental exclusiva del ser humano. Apoyada en la habilidad especial que esta actividad le confiere, la mente del niño reviste a los objetos y los trasforma ante sus propios ojos. Al poder conservar al mismo tiempo la noción de la realidad perceptual del objeto, logra dar un paso único, colocándose en el nivel del lenguaje y la simbolización humana.
La doble significación que de esta manera se conserva -respecto de los objetos -gracias a los objetos transicionales inaugura la posibilidad del concepto de símbolo. El símbolo pasa a sustituir al objeto real (en esencia inasible y, por consiguiente, perdido definitivamente desde el nacimiento) y de esta manera, ingeniosa y única, restituye a nuestro sujeto infantil la posibilidad de seguir deseando. Acaba de ingresar en la cultura y en una historia personal del ser instintivo que fue al nacer. La complejidad y el conflicto humanos se instalan a partir de aquí.
Consideramos que el rudimentario objeto transicional del comienzo proviene de una percepción temprana de la presencia real de la madre. Uno de los destinos saludables, natural y en algún grado siempre presente en nuestra vida cotidiana, representa una evolución de esta presencia, que se desplaza y confiere su valor a un conjunto que podríamos denominar "clima de transicionalidad visible" en el entorno cotidiano del sujeto. Este clima existe tanto en el ambiente diario, propendiendo al bienestar estable del niño y del adulto, como en el entorno previo al dormir.
Conviene diferenciar claramente estos aspectos de los rituales obsesivos que aparecen en las mismas circunstancias. En el primer caso domina un clima de sedación, una disposición a procurarse el confort privado; los objetos pueden ser sustituidos y no existe rigidez ni tensión respecto de estas actividades, en contraposición con el clima inquietante, rígido y reglado que domina en los rituales obsesivos.
Existe también, tal como lo describe Winnicott, la zona de reposo -la "posición de descanso"-, paréntesis en la vida diaria, recreo periódico que suministramos a nuestra capacidad (tanto concierte como preconciente) de atención y a la actividad de vinculación entre mundo interno y mundo externo real objetivo.
En todo esto encontramos razones para pensar que este clima de transicionalidad denuncia la presencia física de la madre, metaforizada a través de la transicionalidad en un conjunto heterogéneo que la evoca para nuestros sentidos y en las significaciones particulares de nuestra historia. Este clima forma parte de nuestro bienestar estable de adultos.
No podemos dejar de conectar el conjunto de objetos a los que estamos haciendo referencia y su capacidad de evocar un sentimiento de “lo familiar" tranquilizador, lo reconocido, lo que sustenta una serena disposición a la regresión para el descanso. En la vereda opuesta tenemos el tema de “lo siniestro”; la exacta acepción del término alemán empleado por Freud (unheimliche) alude muy precisamente a un sentimiento de ausencia de clima familiar, de desaparición de lo hogareño, presidiendo un estado de intranquilidad que. según creemos. se puede vincular a las vivencias tempranas de desunión con la madre y exposición a los peligros tanáticos del ello. A través de los fenómenos de la transicionalidad, lo familiar. cálido v significativo, sostiene al sujeto y le permite ligar los impulsos tanáticos poniéndolos al servicio de sus necesidades y de su bienestar actual.
El "osito de felpa” no siempre existe tal cual en la infancia del sujeto saludable; a menudo no ha surgido su constitución plena, ni tampoco parece indispensable que esto suceda así; lo que importa es que están presentes la capacidad y los fenómenos transicionales, puesto que su actividad creadora se puede desplegar sobre una gama de elementos que cumplen parcialmente estas funciones y que dan origen al clima de ilusión y transicionalidad del infante y del adulto.
Desde niños estamos en una doble conexión con la realidad objetiva; un nexo se da en función de las necesidades, y una segunda conexión, central en nuestra existencia. se da a través de los fenómenos y objetos transicionales. En esta segunda modalidad, se trata de los sueños diurnos (como lo describe Winnicott) y de una vinculación estable con los seres significativos de nuestro entorno, tendiente a la realización de los anhelos ilusionales esenciales.
Esta doble vinculación con la existencia (o, mejor dicho, esta doble manera de existir) no está en absoluto diferenciada, todo lo contrario: se imbrica, interactúa, se articula y genera procesos dialécticos, a veces cerrados y otras veces evolutivos y en constante gestación creadora.
Para Melanie Klein, el niño va trasladando su concepción del mundo a partir de una primera proyección sobre el interior del cuerpo de la madre. Esta concepción del mundo es una prolongación no sólo del vínculo temprano fantaseado sino del vínculo perceptual con el cuerpo de la madre, y transicionaliza ese vínculo.
W. Baranger denominó ''quinto objeto" a esa presencia real de la madre. Esta moción va aparece rudimentariatnente en la percepción discriminada del bebé en la etapa esquizoparanoide; este concepto quedó sólo esbozado en los escritos de M. Klein, señalando la presencia de estos fenómenos durante los breves momentos de integración depresiva.
Apoyado en ese objeto bueno externo, real y tranquilizados, el bebé -de acuerdo con el enfoque kleiniano- estabiliza gradualmente su situación interna a partir de un ordenamiento en la etapa esqizoparanoide. Los mecanismos de escisión discriminan dos categorías, bueno y malo, con sus objetos correlativos idealizados y perseguidores. El bebé se aleja de la categoría persecutoria en cuanto puede y queda vinculado con la mitad que corresponde a los objetos buenos e idealizados. De estos objetas idealizados -o, como dice M. Kahn, "idolizados"- se generan los mitos, talismanes, magos v fetiches (de tipo no perverso).
Partiendo de estas creaciones, el bebé construye un baluarte (en el sentido de W. Baranger). lugar donde se aloja con estos objetos "protectores" para desarrollar sus ilusiones, en el estado de ensoñación y fantaseo diurnos que lo acompañará durante los procesos integrativos hasta bien entrada la adolescencia.
En la adolescencia deberá indefectiblemente, trasladar sobre objetos reales externos los contenidos de este baluarte: ilusiones, ideales, ídolos e ideologías.
La evolución normal de este aspecto de la vida de fantasía depende en alto grado de la calidad y resolución de los mecanismos de escisión y del establecimiento de los procesos ulteriores de integración, así como de la existencia de la capacidad de ilusionar y la consiguiente creación de objetos transicionales, que serán los que, actuando a manera de puente, permitirán el enganche activo con el mundo objetal adulto cotidiano.
En la evolución satisfactoria de estos procesos incide mucho, asimismo, una buena resolución de la persecución centrada en los objetos persecutorios previamente escindidos. Sólo de este modo la realidad dejará de estar impregnada de perseguidores y será apetecible para su investidura ilusional y libidinal.
No se nos escapa que, el sentimiento de estar vivo y gozar del mundo, basado en la fantasía de un reencuentro feliz, se apoya, a través de los fenómenos de la transicionalidad, en una traslación actual de un sentimiento que se mantiene vigente desde el comienzo de la vida posnatal y que se origina en un vínculo inicial satisfactorio de amor, experimentado como encuentro y seguridad.
El motor de la existencia humana, centrada en la satisfacción de las necesidades, deseos y demandas de amor, puede entrar en acción si se sustenta en el establecimiento de una ilusión esperanzada de unión feliz. La patología grave se desencadena cuando algo, sea interno o externo, lesiona seriamente la capacidad de ilusionar y transicionalizar la realidad.
La relación humana adquiere en los vínculos estables una calidad indudable de transicionalidad.

Conclusiones

Es necesario explicitar nuestro criterio sobre la cuestión que plantea la naturaleza del objeto transicional.
De acuerdo con lo expuesto, el objeto transicional se manifiesta como una categoría objetal especial.
Su existencia como objeto es legítima y definida. La utilidad clínica incuestionable que aporta este concepto y la consideración de los mecanismos que lo sustentan le confieren una solidez y vigencia propias de una categoría nueva y valedera.
El concepto de fenómeno y objeto transicional ayuda a esclarecer una zona o modalidad de existencia psíquica, enriqueciendo y modificando la perspectiva anterior sobre el funcionamiento temprano; en particular, a través de una magnificación sorprendente, trasforma nuestra visión de los cuadros fóbicos, de los procesos psicóticos y de un conjunto de modalidades de splitting.
Su validez también se manifiesta en que facilita integraciones conceptuales más precisas, que nos preservan, por otra parte, de caer en esterilizaciones preciosistas; flexibiliza y re cuestiona nuestros pensamientos psicoanalíticos, evitando más aún el peligro de su ideologización.
La función temprana de los fenómenos transicionales revela ser de tal magnitud que no dudamos en asignarles un lugar de privilegio tanto en el pensamiento teórico como en la clínica.
Su rastreo en el pasado del sujeto, en su persistencia y vigencia actual, en sus actividades, en sus proyectos y en su vida cotidiana. nos depara verdaderas sorpresas.
Ya aludimos a la participación de estos procesos en la creación de elementos constantes en todas las culturas: talismanes, amuletos, magos, mitos, rituales, etc.
También destacamos que los objetos transicionales otorgan un particular sentido pregnante a la figura del analista.
El lugar del encuentro analítico, la voz y la palabra del analista, junto con la disposición física que se adopta en la situación analítica, recrea (¡cómo dudarlo!) aquella situación
inicial del vínculo bebe-madre. En esta situación, reproducida en la trasferencia, el analizando va a revivir la patología de la vivencia de separación, sobre la que pretendemos y podemos actuar terapéuticamente.
La distancia subjetiva nula, característica del binomio inicial e indispensable para el desarrollo, persiste en la psicosis simbiótica.
El vínculo analítico está destinado a actualizar ese estado, y presentará un clima catastrófico ante las primeras separaciones o frustraciones de la fantasía de idilio trasferencial. Habrá que construir los objetos transicionales que no existen.
En el extremo opuesto, el alejamiento inicial permanente y máximo produce la esquizofrenia. No existió interés en la unión, no se despertó siquiera la ilusión.
Cerca de ambos extremos se ubica el resto de los cuadros psicopatológicos. Entre ambos, la zona media de esta escala es la medida del alejamiento tolerado y propicio para la evolución adecuada de los procesos de individuación y vinculación objetal, que son metas terapéuticas claves.
El espacio vacío o gap (como lo denomina Winnicott) se produce ante los primeros alejamientos de la madre. Su inexistencia o desmesura será atemperada por el trabajo analítico. Este espacio buscará entonces una condición funcional para que se desarrollen allí los fenómenos mentales transicionales, que sentarán las bases para la ulterior aparición de la experiencia de reunión metafórica. La aporta una naciente capacidad de ilusionar, que, a su vez, debe su aparición a la necesidad de cubrir el espacio vacío previaumente restaurado en su dimensión útil para la evolución.
El analizando fabrica. sobre experiencias pasadas de gratificación, un puente ilusional y yoico entre las dos orillas definidas en este, proceso.
La huella de un "momento ilusional" de encuentro feliz. cuando persiste adecuadanuente, será el fundamento de la certera en el reencuentro, raíz a su vez de la confianza en la existencia de otros seres semejantes. Este momento ilusional de encuentro feliz se logra, por medio de los procesos de empatía. en el vínculo analítico, lo que evidencia que el analista cumple la función de objeto transicional y que los fenómenos transicionales son los constituyentes del vínculo trasferencial.
El mundo mágico animista, protector y terrorífico, concebido como tal en los estadios simbióticos indiferenciados iniciales genera una serie de objetos tales como seres mitológicos, talismanes, amuletos., magos, etc., que pueblan la trasferencia analítica. Merced a la actividad interpretativa sobre estas proyecciones, se da pie a la evolución adecuada de los procesos y fenómenos transicionales, que tienden un puente hacia el encuentro del mundo objetal poblado de semejantes, independientes en sí, dotados a su vez de subjetividad y accesibles para las investiduras libidinales y los revestimientos proyectivos que posibilitan las relaciones humanas y las actividades creadoras.
La investigación de Winnicott desarrolla de manera diferenciada y pormenorizada la intimidad de los proceses y mecanismos generadores de fenómenos y objetos transicionales: aquí hemos querido ampliar y articular estos conceptos con nuestro pensamiento psicoanalítico actual. Estas investigaciones y las derivaciones que estudiamos tornan evidente su función v significado en el desarrollo del sujeto humano. Estos conceptos facilitan el abordaje de una cuestión tan espinosa como la de la salud mental, el sentido de una existencia plena y algunas significativas relaciones entre la actividad cultural del hombre y su utilidad para el equilibrio emocional y para la maduración de una capacidad de realización sexual plena.
Quedan abiertos -y no como falla sino como modo de enriquecimiento- innumerables interrogantes: las interrelaciones entre los procesos y objetos transicionales y las dos posiciones descritas por M. Klein, la ubicación del superyó temprano y del instinto de muerte en esta perspectiva, y especialmente, el paralelismo entre este desarrollo temprano y los procesos del narcisismo a partir de su ruptura inicial. También es necesario preguntarse dónde situaría Winnicott el inconciente. Tal vez la creación de las dos instancias se aclare con la ubicación previa del mecanismo de la represión y el juego en este contexto conceptual.
Por todo lo dicho, creemos adecuado conferir al objeto transicional descubierto por Winnicott la jerarquía de una categoría objetal nueva, una nueva concepción del objeto dentro de la teoría y la práctica analíticas.