Make your own free website on Tripod.com

La paradoja
Relaciones entre La Transicionalidad, El pensamiento paradojal
y "La Negación" en Freud


Dra Raquel Zak de Goldstein
Viernes, 28 de abril, 2000

“¿No deberíamos buscar ya en el niño las primeras huellas del quehacer poético? La ocupación preferida y más intensa del niño es el juego. Acaso tendríamos derecho a decir: todo niño que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada. Además sería injusto suponer que no toma en serio ese mundo; al contrario, toma muy en serio su juego, emplea en él grandes montos de afecto. Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino...la realidad efectiva. El niño diferencia muy bien de la realidad su mundo del juego a pesar de toda su investidura afectiva; y tiende a apuntalar sus objetos y situaciones imaginados en cosas palpables y visibles del mundo real.”

Freud, “El creador literario y el fantaseo” (1907) edit. Amorrortu
tomo IX, pag 127 (los destacados son nuestros)

El objetivo de este trabajo es "presentar el concepto de paradoja como un eje del funcionamiento mental, a la luz del pensamiento de Winnicott" sobre la constitución de la naturaleza humana. En este pensamiento se evidencian ejes, que impulsan un renovador trabajo de teorización respecto de la constitución del sujeto y de la subjetividad. Lo cual, lleva a abordar algunas cuestiones complejas del funcionamiento mental que va construyendo la noción de realidad, y sus tres categorías. Este funcionamiento, está sostenido en la vigencia de los fenómenos transicionales, los cuales se amparan, a mi entender, en una particularidad del pensar, de índole paradojal, y en la ilusión, tal como la entiende el autor.
La cualidad de realidad creada, que define lo que Winnicott llama la zona intermedia de experiencia, es la que “habita” un sujeto sano. Realidad personal de un viviente, instalado en el mundo también habitado por los otros. Es esa la cualidad de realidad que, cuando se pierde, deja en el sujeto la vivencia de un mundo transformado en un universo gris, frío y despoblado, característica que anuncia y acompaña la aparición de los estados depresivos y la melancolía. La vida no vale la pena de ser vivida, dice la persona en este estado.


-Paradoja y transicionalidad son inseparables.

La percepción del mundo y la realidad que “habitamos” en la salud dependen de la acción conjunta -conjunción que se desarticula en la depresión y la melancolía- de la paradoja y la transicionalidad entendida como producción del inconsciente, producción que llamamos creación, efecto de la omnipotencia del pensamiento.
El mundo, la realidad de lo mundano (y nosotros incluidos) existen o no, según se sostenga -sin trauma- esa acción conjunta a la que aludimos, actividad específica que trabaja para anudar percepción y producción del inconsciente en un universo simbólico inmerso en un baño de lenguaje.
Para lograr esto, mientras tanto, la lógica del proceso secundario debe permanecer parcialmente en suspenso.
Porque, para “creer que algo ES”, se suspende la duda y la búsqueda de la verdad como realidad objetiva.
Es ese estado psíquico: creer que algo ES, el que permite animar lo inanimado. Inanimado que retorna como tal, en calidad de “siniestro”, ante la menor vacilación de esta actividad, sostenida por el yo al servicio de Eros.
La actividad de animación, ese acto psíquico de creación que podemos entender como un germen de creencia en acción, en una particular dimensión y modalidad de tiempo, un continuum, permite “insuflar” ánima, alma, vida, a la manera del efecto de animación de los bien llamados dibujos animados. Anverso y reverso animado e inanimado oscilan a merced de la actividad conjunta del pensamiento paradojal y la actividad creadora de los fenómenos transicionales El anverso, la animación, es lo que constatamos que se diluye en la patología que describíamos, su reverso, lo inanimado aparece durante la pérdida transitoria de la capacidad de animación, que se evidencia también en el momento previo al dormir, momento poblado de los fenómenos llamados hipnagógicos. Momento temido por el niño, que, enfrentado al terror, intenta domeñarlo recurriendo a diversas actividades tranquilizadoras, que se afirman gradualmente con la adquisición y uso de la transicionalidad y de los objetos transicionales ya investidos como tales.
Estas actividades necesitan, paralelamente de la presencia real y efectiva de la persona protectora, que suplementa, mientras tanto, la declinante actividad yoica que precede al dormirse. En el estado despierto, esta actividad yoica liga y representa. Con lo cual se logra hacer tope a los perseguidores que reaparecen en el terror que acompaña esa declinación de las representaciones de lo familiar que acompañan la retracción del dormir. Estos perseguidores pueblan la dimensión de lo inanimado, el reino de “Lo siniestro” (Freud).
Allí reconocemos el trabajo de Eros: en el domeñamiento de la actividad de desligazón y desinvestidura propia de la pulsión de muerte, este trabajo que cuenta con los fenómenos del pensar paradojal y con el alguien adulto de la crianza, garante del indispensable compromiso libidinal en que se apoya esta actividad.
El pensar paradojal contribuye así a producir l ilusión de continuidad y la consistencia de la representación de “presencia” del objeto vivo, y sustenta la transicionalidad. Estos estados psíquicos logran que el infans-bebé crea en esta gratificación alucinatoria como “realidad ya sabida”, aunque rudimentariamente concebida, yo con Christopher Bollas diría “aun no pensada,” ni mía ni tuya, ni adentro ni afuera, ni verá alucinación ni percepción cabal...A mitad de camino, se funda ese entre.., (Raquel Zak de Goldstein, Chile, 1995) tópica de la ensoñación, de la poética y del jugar.
Prodigioso avance psíquico del infans en vías de constitución.
Gracias a este pensar paradojal, creer y crear interactúan, y se constituye “mi propiedad, mi persona y mi mundo, el que animo libremente con mi deseo”. Es nuestro epígrafe.
Al iniciarse la aparición de la categoría no-Yo, epifenómeno de la actividad del odiar estructurante, efecto a su vez del principio del placer-displacer, el Yo primitivo real freudiano pone en marcha un proceso destinado a rechazar el displacer en defensa del placer, vital para la supervivencia, e instala correlativamente esta otra categoría, el pensar paradojal, el corte entre Yo y no-Yo, y usa el No..
¿Cómo salvar entonces - ante ese abismo/corte, debacle producto de las primeras discontinuidades - la continuidad de la percepción? ¿Cómo salvarse del brutal impacto de la angustia surgida ante la evidencia de impotencia e inermitud. ¿Cómo sostener y preservar la lógica del proceso primario, -lógica mágico animística - que lograría “animar” por sí misma lo inerte que está ahí-, en ese preciso “lugar” en el cual deberá proyectar también lo creado vivo?. La equiparación del yo, “El fetichismo” y “La Negación” ayudarán a alejar la imposible visión de la “castración”.
Contamos – en esta combinatoria - con la capacidad característica del pensar paradojal, para lograr evitar el desfallecer de la actividad yoica, la cual incansablemente y sin fractura significativa, registra e inscribe, retomando una y otra vez -como materia percipiente que es - todo lo que le es inicialmente externo, incluido el soma para la construcción incesante y complejizadora - transcripciones mediante (tal como Freud describe la actividad psíquica en la Carta 52, A.E. 1), del universo representacional, dimensión que constituye nuestra realidad psíquica y la realidad que estudiamos, la quinta zona o dimensión intermedia en la cual cultivamos ciertos fenómenos gracias a los cuales vivimos una vida como sujetos.
Este es un tipo de pensamiento que, mediante “La negación”, va desenfocando la plena vigencia de la lógica y la objetividad realista, y ahí crea animando, y de este modo va dotando de vida ese campo No Yo donde se encuentra también lo inanimado, y lo hace con los argumentos y guiones propios de nuestras fantasías (E. Person; Dreams of Love and Faithful Encounters) Como el prestidigitador, otorga de este modo -casi cinematográfico-, existencia vital y sentido a lo que carece de ello.
El fenómeno transicional se encarga de crear merced al pensar paradojal, -mediante la investidura de ese No Yo- un puente salvador, ante el hiato de la ausencia percibida.
En este fenómeno psíquico -el llamado fenómeno transicional-, juega un papel importante la capacidad de “relativización” la puesta en suspenso del reconocimiento de la realidad objetiva y ajena del objeto.
En ese estado de reconocimiento “relativo” de la ausencia y la alteridad – por lo tanto, ausencia del pene en la madre, castración de la madre, (formas de “La negación”, como alucinación del pene materno) - el yo se puede permitir, paralelamente, un trabajo con las semejanzas-diferencias, y con el imprescindible juego del “como sí”, trabajo/juego con la metáfora que se transitará jubilosamente y con alivio y placer, afianzando el domeñamiento salvador que evite la desmezcla pulsional, y sostenga la investidura trófica.
Nos podemos remitir, como ejemplo, a los efectos de sorpresa y desconcierto lógico que genera la producción del dibujante Escher, cuyos dibujos ilustran lo que estamos tratando, y asimismo a la complejidad involucrada en el universalmente conocido “juego del carretel”. Esta observación paradigmática es el escenario visible, a mi entender, del trabajo psíquico del “entre-tener-se”, equivalente de la actividad psíquica que logra que “La insoportable levedad del ser”, pueda, mágicamente soportarse y sostener-se, (“Tener-se-entre” R.. Z. de Goldstein, Chile, 1995).
Este tipo particular de trabajo del pensar comparte el reconocimiento “relativo” de la realidad de la alteridad, lo que permite tolerar y sostener inicialmente lo intolerable del corte o incompletud implicado, y la paralela “creencia” en la alucinación relativa del objeto originario, encarnado en el otro del auxilio ajeno como “madre suficientemente buena” en su posición de ayudante (Freud, “El malestar en la cultura”) Situación que de tambalear, amenazaría mortalmente la actividad de investir; se impondría plenamente a los sentidos, y esta compleja y sutil condición de posibilidad de lo que llamaría contexto fundante, podría hacer colapsar la Transicionalidad, desencadenando una desmezcla que abriría el camino a la repetición y la compulsión, como contracara de la actividad psíquica estructurante, la cual tiene por función preservar la mezcla pulsional, la investidura y la actividad de representación.
Ese “entre”, donde el infans “se tiene”, evidencia nuestra condición de sujetos en tránsito, habitando aquella “tierra de nadie”, tópica de la u-topía. Dotados de un pensar propio de la materia percipiente, permanecemos “sujetos” si nos sostenemos con un pié en cada uno ambos bordes de ese entre, grieta, o hiato. Hiancia desgarrante y constitutiva, situable entre el borde de la alucinación de deseo, y el borde de la percepción de lo des-conocido, del NoYo, de la Ding, inicialmente.
En “este estado del pensar” se inicia -sostenida en la actividad del fenómeno transicional- el dominio de “la cosa”, como objeto originario perdido. En tanto, se consolida el pensar paradojal y la capacidad efectiva de la actividad muscular. Todo lo cual, junto al trabajo creciente de metáforas y metonimias, marca los prolegómenos y las bases para la aparición del juego del carretel y las categorías de los espacios y del lenguaje, presentes a través de la famosa exclamación: Fort-da!.
En una sutil y continua “reversión de la perspectiva” (que Escher maneja magistralmente en sus diseños), las categorías fondo-figura, adentro-afuera, yo-noyo, mío-tuyo, real-imaginario, inanimado-animado, irán decantando la dialéctica objetividad-subjetividad, preservando y estabilizando el pensamiento paradojal, propicio a la salud y a la creatividad. Entre ilusión y desilusión, el Yo placer se sostiene, sin dejar de consolidarse paralelamente el Yo real definitivo. Y allí se afianza la vigencia de “Los dos principios del acaecer psíquico” asegurando al yo la imposible e imprescindible cohesión básica. Este estado de cosas le permite que, en un polo se despliegue el fantaseo (Freud, “El creador literario y el fantaseo”), base del estado de crear jugando, y jugar creando, en tanto pospone en el otro polo la acción en el mundo, ya que este accionar debe respetar y adecuarse al juicio y a la representación que de la realidad se haga el yo.
Realidad subjetiva o interna, realidad objetiva o externa y realidad creada, transicional o de la zona intermedia de la experiencia, conforman los dos bordes y “el entre”.
La realidad producto de esta tercera zona de experiencia, es la cualidad de realidad, sustentada en el pensamiento paradojal, las transiciones y el uso transicional de los objetos. Es esta cualidad de realidad la que dialécticamente mantiene “viva”, según Winnicott, la realidad interna y la producción inconsciente, lo cual a su vez capacita para el encuentro del objeto externo.
Esta realidad creada, y el pensamiento paradojal que la sustenta, no está sometida al imperio del principio de realidad, si bien lo considera en forma paralela y relativa. Es un particular modo de encabalgarse ambas realidades y ambos modos del pensar.
Realidad creada -inventada, diría Watzlawick- que se caracteriza además por contar con posesiones No Yo cuyo uso no está asediado por los reclamos de objetividad, eficiencia y lógica. Aquí cuenta la desmentida relativa de la castración, aún en sus manifestaciones más primitivas, que se presentan ante la ausencia, y la amenazante angustia traumática que acompaña al “estado de desamparo”. La desmentida relativa es relativa y transitoria, es otro eje articulador del pensamiento paradojal. Podríamos recordar el decir de los artistas: “cuando algo falta, yo, en-soñando, alucino y así alivio esa falta que me impulsa a buscar creando...”
Paradoja y desmentida conforman una dupla que acompaña el trabajo de la metáfora y de las ecuaciones simbólicas, abriendo el paso a la complejización y a la sexuación. El placer poético, sostenido en un pensar paradojal preserva de los excesos de angustia ante el creciente avance de la realidad como alteridad y como dimensión frustante.

La banda de Moebius y el dibujante Escher

Escher, el dibujante de las transiciones y las transformaciones, diseñó gráficamente ejemplos del fenómeno ilusionista que Moebius (arquitecto, matemático y mago) creó al revertir uno de los extremos de una cinta, antes de pegar ambos extremos, fabricando así la famosa Banda de Moebius. Esta “ilusión” de la reversibilidad que nos sigue brindando ayuda para demostrar que es posible sostener lo insostenible en el reino de las paradojas que desafían al pensamiento lógico, pragmático, empírico y racionalista.
Sabemos que etimológicamente “paradoja” significa “contrario a la opinión”, esto es, “contrario a la opinión recibida y común”. Cicerón escribe: “lo que ellos (los griegos) llaman paradoxa, lo llamamos nosotros cosas que maravillan”. En efecto, continúa diciendo el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora (5º edición, Buenos Aires, Sudamericana, 1965): “la paradoja maravilla, porque propone algo que parece asombroso que pueda ser tal como se dice que es”.
Más adelante, el Diccionario especifica, al referirse a una de las nociones de paradoja llamada “paradoja existencial”, que: esta se propone restablecer “la verdad” en tanto que verdad “profunda”, frente a las “meras verdades” de la opinión común y hasta del conocimiento filosófico y científico. En este sentido a definido la paradoja Kierkegaard.
La paradoja se manifiesta, por ejemplo, en el hecho de que el hombre elije o se decide por Dios mediante un acto de rebelión contra Dios. La paradoja no es entonces forzosamente anti-racional, sino que puede ser pre-racional o trans-racional.
“En general, -según este Diccionario-, puede decirse que toda proposición filosófica o científica que no haya pasado al acervo común ofrece un perfil paradójico. Este resulta patente en los orígenes de la filosofía: el filósofo era al principio un hombre en soledad, porque pretendía revelar trás las cosas una realidad que solo se “veía” con los ojos de la mente. En este sentido -ha dicho Hegel- la filosofía es el mundo al revés. Es, “por tanto, paradójica de un modo constante y no solo, como la ciencia, en ciertos momentos de su historia”.
Estas “ficciones” crean lo que a mi entender es una tópica y temporalidad en torsión permanente, que -a la manera del “tiempo en torsión”, término acuñado por W. Baranger- permite pensar y ubicar lo impensable, ya que tiempo, espacio y lógica interactúan en una dinámica característica del pensar paradojal, lo cual brinda la posibilidad de dotar de vida a una posesión no-yo que así animada de existencia, escapa brevemente del sometimiento al sentido de realidad, y puede ser el soporte de un fantaseo animista, que le insufla vida y un argumento personal.
La paradoja es activada cuando la omnipotencia creadora o magia del pensamiento experimenta una confrontación peligrosa con la realidad de la ausencia, efecto a su vez de un fallo relativo de los breves fenómenos de acoplamiento “perfecto” descriptos por Winnicott como característicos de la ilusión protectora. los cuales fundaron previamente la breve e esta indispensable experiencia de ilusión, sostiene la actividad psíquica dando bases para la gradual modificación del estado de Yo primitivo real es, soporte a su vez de los fenómenos transicionales. El pensar paradojal sostiene las el “como sí”, y al dar lugar al trabajo metafórico y a metonimias el trabajo del sueño, y sostiene la realización del deseo, deseo en-soñado, típico del jugar y del crear.
Tópica y dinámica no cuestionada por los adultos, ni por el propio accionar del niño con la realidad en la salud. Esta novedosa dimensión de la realidad que Winnicott des-cubrió en toda su significación, y el tipo de pensamiento que estamos considerando, interactuan y conviven en paralelo con la necesaria cordura para vivir en el mundo.
En tanto se afianza la transicionalidad, el lenguaje, le otorga consistencia a esta singular capacidad humana de “habitar” la dimensión simbólica cultural, destino de pulsión que articula simbolización y sublimación.
El fenómeno transicional, basado -como lo especificó Winnicott- en una paradoja aceptada por el niño y por el otro, como presencia respetuosa, le “permite” al niño jugar a solas en presencia de ese alguien, y construir su subjetividad. Este funcionamiento psíquico, surge, “entre la creatividad primaria y la percepción objetiva basada en la prueba de la realidad” (“Realidad y juego”, editorial Granica); continuando en este mismo texto, nos encontramos con una precisión fundamental para nuestra elaboración: “La paradoja se sostiene en una pregunta que NO va a ser contestada” .
Existe la pregunta, que permanece en suspenso como garante de la cordura, esto es parte de la esencia del pensar paradojal. Pero, si se intentara responder, lo que implicaría algo así como des-pedazar la mariposa para investigar el origen de su existir, se interrumpiría la producción natural, de esa cualidad de realidad creada, producto del alucinar de deseo, el cual es a su vez repetición de la experiencia de satisfacción, el mismo alucinar “que crea el pecho”.
A esta búsqueda, propia de la investigación sexual infantil, motor de la curiosidad y la sublimación, no se la desafía con preguntas objetivantes, producto del anhelo de certeza.
Sabemos que, sin una suficiente desilusión que abra paso a la realidad de la frustración y la compleja experiencia de destete -como eje de la experiencia de separación, pérdida y duelo por el primer objeto de amor-, no tendrían cabida las condiciones básicas para que el pensamiento paradojal se instale y sostenga la magia creadora e ilusionista junto a un sólido acceso a la realidad consensuada, propia del accionar del Yo realidad definitivo.
Recién entonces se instaura y afianza esta “zona neutral” a la que se refiere Winnicott, y que tanta similitud evidencia con la “reserva natural” fque describe Freud, con respecto al avance de la acción de la cultura sobre la naturaleza del hombre.
Los fracasos en la contextualización de estos complejos procesos constitutivos parecen atentar contra esta lógica ilógica, que preside las condiciones de aparición del sin sentido del inconciente en la sublimación, el jugar y el soñar.
La idea de una superposición de realidad y fantaseo, tan esencial en este fenómeno del funcionamiento mental descubierto por Winnicott, parece desafiar por definición el anhelo de certeza y objetividad, que de tanto en tanto también predomina entre los pensantes del mundo científico.
La ambicionada “solución” de la paradoja, nos anticipa Winnicott, está en la base de algunas patologías llamadas actuales, y “conduce a una organización de defensa que en el adulto se puede encontrar como autoorganización, dividida en verdadera o falsa”. Esto alude a la estructura de falso self.
A veces, esta angustiada ambición de encontrar la respuesta o solución del dilema es el origen de la tentación cientificista que pretende resolver el característico esfumado de esta zona incierta y dotada por eso, de la plasticidad máxima propia de la realidad creada. Este estado es custodiado por ese singular modo de funcionamiento mental que llamamos el pensar paradojal. Don capital y valor distintivo de la condición hablante del humano como habitante del mundo sensual y simbólico. Dimensión que “crece”, constituyendo el tercer espacio, espacio de la cultura y tesoro no perecedero, vinculado a la productividad inagotable del inconciente.
Estas consideraciones hacen eco, metapsicologicamente, a las palabras de Winnicott: “la paradoja aceptada puede tener un valor positivo”, y lo tiene en la medida que le permite al infantil sujeto forjar-se su subjetividad, deudora de la ilusión, que le permite creer que lo que él cree, existe en la realidad, y de ahí en más poder desear y crear jugando.
La futilidad, sentimiento que acompaña la clínica de la patología relacionada con la peligrosa pérdida de esta capacidad para experimentar los fenómenos transicionales y esta evolución de la ilusión, se instala como una de las condiciones más penosas que acompaña y define esta modalidad de sufrimiento “mudo”, y pone en evidencia los efectos de este trastorno esencial, centrado en la ruptura del anudamiento activo de estos tres espacios descriptos por Winnicott.
El sentido del propio vivir en el mundo, que se pierde en el sentimiento de futilidad, está profundamente enraizado en la cualidad creadora del inconsciente y el pensar humano sostenido en lo que llamamos pensamiento paradojal.